Pensando que la sección de fragmentos de vetustos diarios de viaje está siendo muy desaprovechada abro el diario del interrail de 2005 por una página cualquiera. Mr. Voodoo, Zé Tubaro y yo, Lobo de Bar, fuimos a Rumania durante la mayor huelga de trenes de su historia.
23 de junio de 2005
Nota: Anoche la canadiense nos enseñó su enorme culo, otra experiencia para olvidar.
Hemos dormido relativamente bien, aunque la zorra rapada (creemos que la líder del grupo) la ha montando bastante con su jodido macuto, buscando las bolas chinas. Nos levantamos a las 7:30 para pillar el bus a Bran, tal como nos indicó el bastardo de información. Resulta que el muy hijo de perra nos mintió, tal autobús no existe. Dispuestos a mirar en otra estación un tipo que se las daba de amable se ofrece para llevarnos en su coche por un módico precio. Por el camino, además del tráfico y la muerte, podemos ver los Cárpatos y los campos rumanos, con sus agricultores, burros y demás.
El castillo está bastante bien, aunque no queda muy claro que Vlad Tepes pasara por allí, ni siquiera lo afirma Enric (Enric Balasch, guía Laertes), tan amigo de los bulos y la falsa información. El paraje, entre los bosques, en un risco, es de peli de miedo. El castillo fue el paso fronterizo entre Valquia y Transilvania. El arquitecto supo aprovechar el espacio levantando torres de la nada.
Tras un paseo por los salvajes alrededores tuvimos que esperar al conductor (falsa puntualidad rumana). Una vez en camino nos intentó encasquetar una visita a Rasnov por el módico precio de "el doble". Como no nos la pudo colar decidió mostrarnos su cara menos amable, la de cabrón con hemorroides al que pegaban de pequeño y fue sodomizado por Ceaucescu. Estuvimos al borde de la muerte en carretera y después nos llevó por un barrio sospechoso que nos hizo pensar (navaja en mano) en una emboscada. No hubo tal, pero la despedida no fue amistosa, que le folle un pez polla.
De vuelta en Brasov, después de comprobar lo restringido de los horarios de trenes por la puta huelga fuimos a ver la iglesia negra. Lo cierto es que el mejor exponente del gótico rumano es una mierda.
Llevaba lloviendo toda la mañana y decidimos huir a Sibiu y volver en bus, llegamos a la estación limando. Ilusionados e ingenuos estábamos casi contentos. El trayecto fue cómodo, era un tren viejo pero íbamos en un compartimento donde podíamos leer, dormir, escribir, tocarnos... La cuestión es que volvió a llover a saco y comenzamos a temer lo peor. Cuando por fin llegamos la lluvia era intensa y castigadora, pero lo peor fue que no había autobuses a Brasov por la tarde o noche, así que según bajamos, tuvimos que pillar el tren de vuelta. Gilipollas.
Compramos comida cancerosa en la estación y montamos en el auténtico tren-truño. Iba petado, olía mal, tuvimos que ir de pie bastante rato, y por si fuera poco comprobamos que el agua adquirida era Carpatian Light, es decir, agua con gas esbafada. Al final conseguimos sentarnos e incluso salió el sol, el minuto justo para despertarme de la siesta. Poco después, una manada de pescadores rumanos malolientes invadió el tren y empezó a llover en plan diluvio. Las ventanas no amortiguaban el agua.
Ahora ha dejado de llover y no queda mucho para completar este bonito paseo de más de tres horas para hacer 150 km parando cada 3. Solo pensamos en emborracharnos y en colgar de una torre a los hijos de puta de la huelga. Deberíamos haber comprado espadas sádicas de las que vendían junto al castillo, o algún instrumento para empalar.
(Escribe Zé Tubarao): Como hemos conseguido ponernos al día con el diario aprovecho para comentar que el último pescador apestoso que queda lleva frito una hora y ronca como una marsopa de Snagov (lago rumano donde tuvimos otra aventura aciaga), que las hay, no lo dudéis, hay que subir a la torre del puto monasterio para verlas, pero allí están. Por mi parte, solo puedo decir que desde que monté en el tren para Sibiu soy seis horas más viejo, sin que otra cosa haya cambiado.
23 de junio de 2005
Nota: Anoche la canadiense nos enseñó su enorme culo, otra experiencia para olvidar.
Hemos dormido relativamente bien, aunque la zorra rapada (creemos que la líder del grupo) la ha montando bastante con su jodido macuto, buscando las bolas chinas. Nos levantamos a las 7:30 para pillar el bus a Bran, tal como nos indicó el bastardo de información. Resulta que el muy hijo de perra nos mintió, tal autobús no existe. Dispuestos a mirar en otra estación un tipo que se las daba de amable se ofrece para llevarnos en su coche por un módico precio. Por el camino, además del tráfico y la muerte, podemos ver los Cárpatos y los campos rumanos, con sus agricultores, burros y demás.
El castillo está bastante bien, aunque no queda muy claro que Vlad Tepes pasara por allí, ni siquiera lo afirma Enric (Enric Balasch, guía Laertes), tan amigo de los bulos y la falsa información. El paraje, entre los bosques, en un risco, es de peli de miedo. El castillo fue el paso fronterizo entre Valquia y Transilvania. El arquitecto supo aprovechar el espacio levantando torres de la nada.
Tras un paseo por los salvajes alrededores tuvimos que esperar al conductor (falsa puntualidad rumana). Una vez en camino nos intentó encasquetar una visita a Rasnov por el módico precio de "el doble". Como no nos la pudo colar decidió mostrarnos su cara menos amable, la de cabrón con hemorroides al que pegaban de pequeño y fue sodomizado por Ceaucescu. Estuvimos al borde de la muerte en carretera y después nos llevó por un barrio sospechoso que nos hizo pensar (navaja en mano) en una emboscada. No hubo tal, pero la despedida no fue amistosa, que le folle un pez polla.
De vuelta en Brasov, después de comprobar lo restringido de los horarios de trenes por la puta huelga fuimos a ver la iglesia negra. Lo cierto es que el mejor exponente del gótico rumano es una mierda.
Llevaba lloviendo toda la mañana y decidimos huir a Sibiu y volver en bus, llegamos a la estación limando. Ilusionados e ingenuos estábamos casi contentos. El trayecto fue cómodo, era un tren viejo pero íbamos en un compartimento donde podíamos leer, dormir, escribir, tocarnos... La cuestión es que volvió a llover a saco y comenzamos a temer lo peor. Cuando por fin llegamos la lluvia era intensa y castigadora, pero lo peor fue que no había autobuses a Brasov por la tarde o noche, así que según bajamos, tuvimos que pillar el tren de vuelta. Gilipollas.
Compramos comida cancerosa en la estación y montamos en el auténtico tren-truño. Iba petado, olía mal, tuvimos que ir de pie bastante rato, y por si fuera poco comprobamos que el agua adquirida era Carpatian Light, es decir, agua con gas esbafada. Al final conseguimos sentarnos e incluso salió el sol, el minuto justo para despertarme de la siesta. Poco después, una manada de pescadores rumanos malolientes invadió el tren y empezó a llover en plan diluvio. Las ventanas no amortiguaban el agua.
Ahora ha dejado de llover y no queda mucho para completar este bonito paseo de más de tres horas para hacer 150 km parando cada 3. Solo pensamos en emborracharnos y en colgar de una torre a los hijos de puta de la huelga. Deberíamos haber comprado espadas sádicas de las que vendían junto al castillo, o algún instrumento para empalar.
(Escribe Zé Tubarao): Como hemos conseguido ponernos al día con el diario aprovecho para comentar que el último pescador apestoso que queda lleva frito una hora y ronca como una marsopa de Snagov (lago rumano donde tuvimos otra aventura aciaga), que las hay, no lo dudéis, hay que subir a la torre del puto monasterio para verlas, pero allí están. Por mi parte, solo puedo decir que desde que monté en el tren para Sibiu soy seis horas más viejo, sin que otra cosa haya cambiado.
