martes, 1 de noviembre de 2016

Lobo de bar y su epopeya infame (Parte 3 de 9)

Tras la pertinente validación por parte de Miss Howley, que comprobó que las lágrimas de Spiderman eran reales y tan abundosas que llenó con ellas una gran crátera,  Lobo de Bar se enfrenta a su segunda prueba. Ha decido afrontar el reto que más satisfacciones y más sinsabores puede acarrearle. Una prueba que podría ser una fuente de placer y, sin embargo, le infunde terror: tratar de follarse a una pija.
No son pocas las ocasiones en las que se ha enfrentado a tan inalcanzable desafío, profundamente alcoholizado, durante noches tenebrosas - transcurridas en bares no merecedores de tal nombre - que terminaron perdidas en algún irrecuperable rincón de su memoria.
En los conciliábulos goliardescos trataban el tema con asiduidad, ya que todos sus miembros, también los femeninos, albergaban el poco oculto deseo de yacer con una fémina de alta cuna, pues coincidían en admirar sus atributos, según alguno de ellos resultado de la selección natural, ya que los hombres de buena posición disfrutan del privilegio de poder elegir a sus parejas entre lo más selecto del plantel de mujeres del mundo, generalmente guiados por criterios estéticos, para luego engendrar nuevas bellezas – con excepciones, claro está - a las que educan y visten según las costumbres de su acaudalada tribu y que se convierten por estos motivos en lo que de forma ordinaria conocemos como “pijas”.
Dichos conciliábulos resultaban, cuando el abuso del alcohol y otros estupefacientes no nublaban sus sentidos, sagacidad y capacidad decisoria, en planes de asalto complejos, de cuidada elaboración, que a la hora de ser puestos en práctica producían sonoros y continuos fracasos. Ni siquiera el Profesor Gladiolo, empedernido romántico y goliardo insistente, víctima habitual del enamoramiento fortuito, que tanto lo había intentado, consiguió jamás, por mucho que empleara las más depuradas técnicas de seducción (que incluían invariablemente el envío de canónicas flores y ardorosos poemas), otra cosa que el rotundo rechazo o, a lo sumo, insatisfactorias relaciones platónicas.
Sabedor de la dificultad del reto al que se enfrenta y de los peligros que entraña, Lobo de Bar bebe vodka a palo seco en su cuartel general. Y decía peligros, porque realmente los hay, y graves. El peor de ellos es la muerte por erección, un final terrible que ha acabado con no pocos goliardos a lo largo de la historia, cuando la exposición excesiva a los encantos de una hembra de la alta sociedad, género que en no pocas ocasiones presenta el vituperable comportamiento de la cockteaser o calientapollas, se había traducido en una afluencia masiva del riego sanguíneo al miembro viril, y esto, al descuidar el suministro a otros órganos vitales, terminaba resultando letal.
Pero Lobo de Bar es valiente, por no decir temerario, y no se achanta ante tamaños riesgos, menos aún después de clavarse dos botellas de vodka como acaba de hacer. Y para llevar a buen puerto la imprudente empresa, ha solicitado la ayuda de tres goliardos de pro que todavía no han sucumbido del todo al amansamiento que se ha propagado como un vídeo viral entre la mayor parte de los integrantes del grupo.  Se trata de El dulce goliardo elegante, rara avis de la especie, capaz de sobrevivir a los ambientes insanos en los que suelen moverse las pijas; el incansable pelirrojo perseguidor de féminas conocido como El heladero; y la wild card Zé Tubarao, experto en romper el hielo, pero también en provocar situaciones salvajes y no pocas veces bochornosas, sobre todo cuando se transforma, después de un consumo abusivo de ron, en diablo de Tasmania.
Los tres han llegado al cuartel general de Lobo y se avituallan en su museístico mueble bar. Una vez informados del carácter y objetivos de la misión, debaten:
- Esto no me gusta – protesta Zé Tubarao –, va en contra de las normas del buen goliardo. Cuando se sale de farra se sale, no se va a pillar. Hay que dejar que la noche fluya y, si los astros se alinean y surge, lo cual nunca sucede por nuestra propia voluntad, se pilla.
- Comprende, Zé, lo extraordinario de la situación.
- No me pidas que sea racional, no sé hacerlo. Además, para motivarte no hacía falta tanta parafernalia, con decir “a que no hay cojones a…” hubiera bastado.
- Pagaré todas las copas que te tomes.
- Trato hecho.
- ¡Coño!, ¿y las nuestras? – inquiere El heladero.
- También, es lo justo, aunque, me cago en la puta barata de Farlete, me va a salir la noche por un pico.
- Es lo que hay – sentencia Zé Tubarao.
- Todo sea por alcanzar el Olimpo de los goliardos.
Brindan para sellar su acuerdo.
- Si se me permite intervenir – habla El dulce goliardo elegante – diré que agradezco tu invitación, pero creo que no estamos planteando bien la estrategia.
- ¿A qué te refieres, Edge?
- A que yo, que me he movido en esos ambientes, considero que la maniobra de aproximación no debe hacerse en un bar a las tantas de la mañana con una melopea de aúpa. Tendrías más posibilidades si fichas a tu objetivo en un entorno más calmado, digamos: en misa, y la abordas poco a poco, primero con miradas, luego mediante un encuentro casual, la solicitud de una cita, una serie indeterminada de cenas románticas y, según la liberalidad de la víctima, o un paulatino paso a mayores o una solicitud de matrimonio que termine en la ardiente noche de bodas.
- ¡Imposible! No tengo tanta paciencia y, menos aún, ganas de casarme, por no decir que si celebrase mi boda lo más probable es que se me fuese de las manos de forma que no podría consumar el matrimonio esa noche, incluso en el caso de que la pija no descubriera en el evento mi verdadera naturaleza y me mandase a escaparrar.
- Pues, cuando menos, deberías haberte equipado para la misión, sigo creyendo que suicida, con vestimenta más adecuada: camisa (imprescindible), dockers o pantalones de pinzas, reloj caro, náuticos o, mejor aún, castellanos, gomina...
- Me envías a una muerte segura. Esas no son mis armas. Son las que utilizan los pijos que habitualmente se las trajinan. Tengo que valerme de mi encanto natural y hacer de la diferencia una virtud.
- Esa táctica jamás te ha funcionado.
- Es cierto, pero porque no la he utilizado bien. De todas formas, tu pesimismo no es de ayuda alguna.
- Yo sólo soy realista, mas no te preocupes, lo pondré todo de mi parte, y que sea lo que San Bukowski quiera.
- Sea.
El heladero se impacienta y sugiere que marchen ya, “de una puta vez”, a “cualquier bar en el que haya pájaras”. Sus compañeros están de acuerdo, y también atienden a su recomendación de llevar complementos en su aventura: sombrero, gafas de sol y boa, porque “son un talismán para las tías”.
Se sirven una copa en vaso de plástico para amenizar el trayecto y salen a la calle. La noche es espléndida: veintisiete grados, viento del sureste apenas perceptible, cincuenta y cuatro por ciento de humedad, nubes dispersas y luna llena, que consideran un buen augurio, pues durante los plenilunios suceden las cosas más extrañas, quizá incluso que Lobo de Bar se lleve al catre a una pija. Sería éste un pequeño y equívoco paso para la humanidad, pero un gran salto para el goliardo, que se acercaría a la consecución de su objetivo, el de ganarse un lugar en el Olimpo de los borrachos, al mismo tiempo que cumple un sueño siempre negado y satisface sus más básicos instintos.
Avanzan por un bulevar cuyas baldosas forman hexágonos de dos colores. En la penumbra, sobre ellos, se distinguen algunos de los más bellos edificios modernistas que quedan en la ciudad. Apenas hay tráfico, sólo unos cuantos taxis que deambulan con sus luces verdes, ávidos de clientes, temerosos de que los candidatos vayan en un estado de embriaguez que origine una conversación incómoda o violenta o, peor, un vaciado estomacal dentro de su coche. Cruzan una avenida y en la mediana se encuentran con un hermoso y bien poblado seto. Zé Tubarao y Lobo de Bar no se resisten, se lanzan sobre él y rebotan, divertidos, ajenos al riesgo de abrirse la cabeza o ser atropellados. Pierden el sombrero en la operación, lo recuperan, advierten que el arbusto rebelde ha dañado sus camisetas y ahora exhiben vergonzosos agujeros. El dulce goliardo elegante reprueba la acción y lamenta su resultado, que hará aún más difícil su tarea.
Unos metros más adelante, el heladero se detiene. Ha oído voces femeninas. Cánticos. No son sirenas. Distingue un grupo de mujeres desbocadas vestidas de mamachichos, con penes de plástico en la cabeza. Es sin duda una despedida de soltera de mal gusto, una más de la plaga que asola en los últimos tiempos las ciudades de Occidente. El heladero da la voz de alarma y, para evitar un encontronazo de imprevisibles y seguro lamentables consecuencias, deciden adentrarse por una calle que les desvía del camino recto. Es el precio que han de pagar para evitar un destino atroz. Apuran sus vasos y los arrojan incívicamente a la vía pública.
Por fin llegan a la zona de marcha, en un buen barrio céntrico: aceras limpias, escaparates ampulosos, árboles bien cuidados, coches de lujo y deportivos. Unos trabajadores mal pagados y casi siempre en negro que se autodenominan relaciones públicas les ofrecen flyers con derecho a chupito en bares del entorno, pero los rechazan, no sólo porque sean señal inequívoca de que en el tugurio se sirve garrafón y se invita a licores inmundos, sino porque tienen el destino claro, que no es otro que el decidido por el único goliardo conocedor y habituado a un medio tan hostil.
En la puerta hay un segurata oriental con aspecto de enorme buda sonriente salvo por esto último, parece posible que no haya sonreído en su vida, ahora desde luego no lo hace, y en su expresión queda claro que no le gustan los goliardos. Les detiene mostrando autoritariamente la palma de su mano. “Esto es un pub elegante, aquí no se entra con esos sombreros y esas boas de mamarrachos”. Los goliardos se miran, Zé Tubarao está a punto de intervenir, pero antes de que inicie una afrentosa diatriba en defensa de su alegre e inofensiva originalidad y en contra de la hipocresía, los tabúes y las formas y vestimentas consuetudinarias de pubs como ése al que pretenden acceder, el conciliador y elegante goliardo pide educadamente permiso para depositar sus atuendos en la entrada y poder recogerlos a la salida. El orondo oriental no parece muy contento, pero les deja entrar, probablemente porque sabe que unos dipsómanos como esos pueden dejar bastante dinero en poco tiempo en las arcas del pub, y porque tiene en cuenta que siempre hay tiempo de echarles si no se comportan como la etiqueta del antro requiere.
Pasado el umbral, los goliardos se encuentran con una amplia sala de decoración insulsa, escasa luz y predominio de los colores oscuros, donde sólo resalta una extensa barra iluminada con anuncios de bebidas puestas de moda gracias a agresivas campañas de márquetin. Piden tres whiskys y un ron. Lobo de Bar se bebe media copa de trago, a pesar de su precario sabor, porque sabe que necesita combustible para sobrevivir en tan terrorífico averno. La escasez de luz dificulta la distinción de la fauna que les rodea, mas consigue advertir que el 90% de la sobrepoblación del barucho son maromos encamisados, en pantalón corto y alpargatas, la mayoría afeitados impecablemente, si bien, entre ellos no faltan las víctimas de la moda que han denigrado el buen nombre de la barba, antes sólo lucida entre la juventud de forma descuidada y personalísima por outsiders como el propio Lobo de Bar, y ahora mancillada con recortes y peinados milimétricos que niegan la libérrima esencia del vello facial masculino.
El goliardo comprende que su animadversión hacia tales seres, a los que escucha hablar alrededor en conversaciones banales cuya única virtud es interrumpir en sus oídos la empalagosa cadencia abrumadora de las canciones del verano que pincha un presunto disk jockey, se ve agravada por su condición de rivales a la hora de conquistar a las hembras objeto de su apuesta y, más íntimamente, de sus más incontrolables impulsos reproductores.  
Para completar el desaguisado sensorial, además del paupérrimo gusto de la copa, la hórrida visión de la fauna y lo abominable de la música, Lobo de Bar se enfrenta al tacto sudoroso de los mardanos que abarrotan el pub, y al castigo a su pituitaria que supone la mezcla de perfumes que por muy caros que cuesten – cuando no son burdas imitaciones - resultan incompatibles entre sí, con el agravante de que comparten atmósfera con el olor a sobaco y a los mefíticos pedos de los pijos, muchos de ellos cargados con los aromas penetrantes que se derivan de una estricta dieta de verduras.
Edge no parece tan incómodo como Lobo de Bar, para algo es el experto del grupo en tan insanos ambientes, y El heladero ha decidido pasar a la acción e intenta abrirse paso hacia alguna de las escasas féminas del antro, sin éxito, porque o bien prestan atención a algún cachas de su gusto o bien están rodeadas de babosos metrosexuales que forman una muralla imposible de salvar. Lobo de Bar da otro largo trago a su copa y observa con preocupación el semblante de Zé Tubarao, pues parece inquieto, y ese no es un buen presagio.
- Hazme un poco de sitio, Lobo.
- ¿Qué?
- Que me hagas sitio en la barra. Me meo y paso de ir hasta el baño, esto está a petar.
Se aparta Lobo de Bar y mira al tendido mientras Zé Tubarao se saca la chorra disimuladamente y da vía libre a su micción. El temible goliardo apoya los dos brazos en la barra para que su maniobra pase inadvertida. Por desgracia, salpica las piernas de un tipo en polo rosa y bermudas. El sujeto tarda unos segundos en comprender lo que está sucediendo, cuando lo hace, empuja airado a Zé Tubarao. Éste, lejos de sobresaltarse, simplemente se gira hacia el interfecto, con una mano en la barra y la otra en la copa de ron, a la que da un tiento, de forma que su verga, no asida, alegremente asomada por la bragueta, riega sin contemplaciones los pies del ofendido. La reacción de éste es la previsible: vuelve a empujar a Zé Tubarao. El goliardo deja la copa en la barra y protesta “joder, me has cortado la meada”. Uno de los amigos del mojado, el más grande y decidido, el que lleva el cuello de la camisa alzado, intenta irrumpir en la trifulca, pero Lobo de Bar le agarra para detenerle y, como se resiste, le da un puñetazo. El sujeto cae arrastrando a la gente que tiene alrededor, lo que provoca una reacción en cadena de pijos que caen y se empujan de forma poco pacífica. El camarero salta la barra para detener el altercado, antes de que lo pueda si quiera intentar, algún cliente insatisfecho le lanza un vaso a la cabeza. En un instante, el pub se convierte en un maremágnum de empellones, golpes no muy contundentes, quejas y gritos.
En medio de la confusión, El dulce goliardo elegante agarra a Lobo de Bar y a Zé Tubarao, que están dando de lo lindo, para arrastrarles hacia la salida. Por el camino recogen a El heladero, que aún intenta entablar conversación con alguna fémina apetecible, y se cruzan con el segurata, el cual avanza dificultosamente con la imposible tarea de imponer cordura en el tumulto.
- Menuda mierda de bar – dice Zé Tubarao cuando salen, mientras recupera su sombrero de paja, sus gafas de sol y su boa -. No lo echaré de menos si arde con todo su contenido.
- No se os puede sacar de casa – dice El dulce goliardo elegante.
- Bah, calla y llévanos a otro garito.
Comprendiendo que lo más prudente es alejarse del lugar de los hechos, Edge les guía hacia un futuro mejor o, al menos, más seguro. Por la calle pululan grupos de jóvenes en gran medida similares a los del pub de la trifulca, aunque, al haber más luz, pueden mejor distinguirse los veraniegos tonos pastel de sus atuendos.
Llegan a su destino.
El gesto del nuevo puerta, esta vez caucásico, es también inamistoso. Su dedo acusador señala hacia el heladero, en concreto, hacia la copa que ha conseguido sacar del otro pub.
- Aquí no puedes entrar con eso.
- Ah, ¡h*stia! Se me había olvidado que la llevaba.
Se bebe lo restante de un trago, deposita cuidadosamente la copa en un contenedor de reciclado, y entran.
La decoración del nuevo pub tampoco brilla por su originalidad, sólo dos esfinges junto a la entrada le dan algo de carácter. El interior es diáfano e insulso. Al menos, no tienen que esquivar a una muchedumbre para llegar hasta la barra. Por algún ignoto motivo, el bar dejó de estar de moda al poco tiempo de ser traspasado, aunque quizá lo más increíble, dada su ausencia de virtudes, sea que llegase a estar en boga.
Apenas hay unos cuantos grupos diseminados en la amplia sala. Sabiamente, El dulce goliardo elegante toma un punto estratégico en la barra cerca de un grupo de chicas de físicos más que aceptables. Piden y no tardan en establecer contacto visual con las muchachas. El heladero se mueve inseguro en un balanceo que queda entre baile falto de gracia e inicio de maniobra de acercamiento. Por suerte, no dependen ni de su inconstante arrojo ni de las demostradas capacidades de hablar hasta con las piedras de Zé Tubarao, que está ensimismado prendiendo una vela, porque la más extrovertida de las chicas del cercano grupo toma la iniciativa y llega hasta ellos.
- ¿Estáis de despedida?
- No – responde El dulce goliardo elegante.
- ¿Y por qué vais así vestidos?
- Porque la vida es un carnaval.
- Ah – la chica no sabe si tomar a broma la respuesta - Oye, ¿cómo te llamas?
- Me llaman Edge.
- Yo soy Diana. ¿Me dejas tu boa?
- No.
El dulce goliardo elegante no se resiste en serio. La chica es mona, y parece prendada del hoyuelo de su prominente mandíbula, se cuelga descaradamente de su cuello para arrebatarle las plumas. Desde la barra, Lobo de Bar observa la escena con escepticismo, sabe por su dilatada experiencia que muchas mujeres son capaces de las más burdas zalamerías para hacerse con una boa, un sombrero, o cualquier elemento de un disfraz que se les antoje, y que ese coqueteo pocas veces se traduce en la realización de los sicalípticos pensamientos del goliardo abordado. Por eso, mira a Edge con censura y, éste, que entiende lo que dicen sus ojos, sale del paso para evitar reprimendas:
- Bueno… Diana, preséntanos a tus amigas.
- Claro.
La aludida llama a sus compañeras, un grupo de cinco, incluyéndola a ella. Atendiendo a la señal pertinente, se acercan. Una vez hechas las presentaciones, Edge juega con la tal Diana, le pone su sombrero, sus gafas, la sujeta de la boa para acercarse peligrosamente a ella. El heladero se centra en la que considera más factible y diserta sobre los gajes de su oficio salpicándolos de anécdotas, si bien, su habitual gracejo se ve entorpecido por la incipiente borrachera, que dificulta su dicción. Para variar, Zé Tubarao parece distraído y apenas atiende a la rubia de pelo rizado que está a su vera, no tarda en pedir disculpas para ausentarse. Mientras, Lobo de Bar ordena unos chupitos. Se los beben, Lobo de Bar aprovecha la ausencia del Protodemonio de Tasmania para tomar ración doble, como doble es su desafío, porque han quedado junto a él la más guapa y la más fea del grupo. Sabe que no puede dejar a ninguna de las dos sola porque la ignorada terminaría ejerciendo presión sobre el resto del grupo para que todas abandonasen a los ínclitos goliardos, y su poder de sugestión dependería de muchos factores, siendo el decisivo el interés que sus amigas mostraran por los susodichos, y este interés parece bastante voluble. Lobo de Bar introduce a la desatendida rubia de pelo rizado en la conversación y, en cuanto puede, se las apaña para dejarla hablando con la fea mientras él entretiene a la guapa.
Debía estar aburrida, la guapa, y agradece un poco de conversación fuera de los tópicos. Al parecer se llama Silvia y tiene la piel muy suave, buen cuerpo, cara de muñeca y, sobre todo, un cuello que clama mordiscos. En cuanto a su personalidad, Lobo de Bar todavía no tiene un veredicto, ya que la dama se muestra algo distante. Le deja hablar y ríe de vez en cuando, pero apenas se expone. Lobo de Bar comprende que su labor seductora no va a ser fácil y va a requerir un considerable esfuerzo y, quizá por pereza, comienza a dudar. Le preocupa saber si será lo suficientemente pija como para cumplir los estrictos criterios de Miss Howley. Su bolso es de Bimba y Lola, podría pasar, pero teme que su camiseta, que le sienta tan bien, sea del Zara, como la falda, y que los zapatos, por mucho que realcen la elegancia de sus piernas, tampoco lleven la firma de ningún diseñador italiano.
En parte por falta de motivación, en parte porque los últimos chupitos han embotado su magín, Lobo de Bar recurre, para evitar que decaiga la conversación, y aún sabiendo que es una maniobra arriesgada, a algunas de las preguntas que elaboró el Profesor Gladiolo cuando se fingía entrevistador nocturno de bellas féminas. Entre ellas: ¿tienes noticia de que se haya suicidado algún ciego por no poder verte?, ¿sabes en qué país se puede estar en Pelotas sin desnudarse?, ¿cuál es el peor piropo que te han dicho?, ¿qué tres cosas no llevarías a una isla desierta?, ¿tienes multitud de defectos horribles que compensen tu abrumadora belleza o eres la constatación de que el mundo es injusto?, ¿sabes que hay una parte del cuerpo del hombre que puede multiplicar su tamaño por cuatro cuando está con alguien que le atrae?, ¿y que esa parte es la pupila?
La reacción de las féminas ante este tipo de preguntas es imprevisible, si bien, nunca ninguna se ha abalanzado sobre un goliardo después de que se las dijera, salvo que fuese tan ebria que no las escuchara.
- ¿Me estás haciendo un examen? – pregunta Silvia.
- No, sólo pretendo distraerte.
- Y hacerte el interesante.
- Parece que la maniobra de distracción no ha funcionado – sonríe el goliardo.
- ¿Y para qué querías distraerme?
En ese momento encienden las luces del bar. Son las 4:30 ante merídiem y, por una ley municipal absurda, los garitos que no tienen licencia de discoteca, es decir, aquellos que no cuentan con los contactos o la voluntad necesarios como para obtenerla – la mayoría -, tienen que cerrar. Es una ley incongruente porque coarta la libertad de los noctívagos sin mejorar la calidad del sueño de los vecinos, ya que, al salir todos los borrachuzos de los bares a la misma hora y con insatisfacción y ganas de jarana hacen mucho más ruido, y a una hora también intempestiva, que cuando podían irse escalonadamente pero, como el ocio nocturno es pecado, jamás ha vuelto la cuestión al debate público, en especial en los periódicos locales de carácter conservador. Y esto mismo sucede con una ley aún más inútil como es la que impide comprar alcohol a partir de las 22h, destructora de innumerables fiestas y cenas de amigos sin conseguir que los púberes dejen de beber según era el objetivo de dicha ley, pues lo hacen a horas mucho más tempranas.
Dejemos las digresiones, y volvamos al insípido pub. El segurata ejerce de coche escoba y va sacando a los clientes. El grupo de cinco prometedoras féminas, a instancias de la guapa, decide huir a casa, no sabemos si por el bajón provocado por el encendido de las luces (poco probable), si por la torpeza de los goliardos (bastante probable), o porque no habían estado interesadas en ellos desde el principio (también bastante probable). Los goliardos quedan compungidos, aunque no mucho, porque la intensa guaza que llevan atenúa sus pesares. Recuperan a Zé Tubarao – ha regresado con aspecto de haber cometido alguna maldad durante su ausencia - y deciden ir a la discoteca más potable de la metrópoli, aun sabedores de que probablemente no cobije a ninguna pija, pues es bien sabido que ésta especie es valedora de las buenas costumbres y suele retirarse pronto, antes de verse inmersa en el ambiente decrépito de una discoteca poblada de individuos abocados al mal vivir y generalmente fuera de control.
En efecto, en la discoteca no hay ninguna mujer que ni si quiera se aproxime a los cánones requeridos, y los goliardos, liberados de cualquier objetivo a corto plazo, optan por beber hasta el categórico naufragio de su consciencia y su hígado.
Cuando salen a la calle es de día, por suerte han conservado sus gafas de sol, junto a sus sombreros y boas, y pueden permanecer a la intemperie sin convertirse en estatuas de sal. Zé Tubarao, hambriento, sugiere hacer una expedición a un curioso antro que abre al punto de la mañana para ofrecer platos tradicionales – judías, migas, huevos fritos – a los ebrios más recalcitrantes.
El contundente alimento revive en cierta manera - más de zombies que de seres humanos - a los goliardos, los cuales esquivan a varios grupos de ancianos y runners, y optan por continuar con su decadente aventura en un after, apenas un agujero obscuro a todas luces ilegal en el que se reúne lo peor de cada casa, hasta que, ya por la tarde, el agotamiento hace mella en sus depauperados cuerpos y se van retirando, en un orden incierto y por ninguno de ellos recordado.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Lobo de bar y su epopeya infame (Parte 2 de 9)

Para aprovechar los excesos de adrenalina y energía inherentes a la excitación derivada del inicio de su epopeya, Lobo de Bar decide comenzar por una prueba que exija un importante esfuerzo físico. En concreto, después de dar buena cuenta de una de las botellas de Wild Turkey traídas por el Dr. Strangelove, sopesadas diferentes alternativas, decide hacer llorar a Spiderman.
No es que Lobo de Bar sea muy dado a hacer llorar a la gente, es más proclive al fomento de la alegría, el desenfreno y el alborozo; mas tampoco es nuevo en tal cometido, y si tiene que provocar las lágrimas de alguien, mejor que sean las de un superhéroe, gremio por el que siente una animadversión no muy acorde con su habitual filosofía del “vive y deja vivir”.
- Es que, como bien sabes narrador omnisciente, los superhéroes me sacan de quicio: son odiosos, prepotentes, falsariamente humanos, paternalistas... y tienen un terrible gusto en el vestir.
- Pero, han salvado al mundo en innumerables ocasiones.
- De peligros creados casi siempre por ellos mismos.
- Eso no es del todo cierto. Y, además, tienes con los superhéroes no pocos rasgos en común, como por ejemplo tu doble y artificiosa vida, o tu afición por destrozar el mobiliario público.
- Que te jodan, narrador de los c*jones.
- No sé, Lobo de Bar, me preocupo por tu reputación. Tras tus aciagos enfrentamientos con Superman y con Batman, ahora vas a por Spiderman... eso no les va a gustar a muchos, es muy impopular.
- Me da igual.
- ¿No te estarás convirtiendo en un supervillano?
- Agárremela con la mano.
El pobre recurso que utiliza Lobo de Bar para no darme una verdadera respuesta me hace comprender que no desea perder su valioso tiempo argumentando. Sería inútil insistir, seguiremos sus pasos en silencio.
- Mejor.
Aunque lo de “pasos” no es del todo exacto, porque el goliardo avanza exprimiendo al máximo las capacidades mecánicas de una tosca bicicleta urbana de alquiler, lo que además de medio de transporte, también le sirve como ejercicio de entrenamiento y puesta a punto para su futura carrera contra Usain Bolt.
Contraviniendo los términos del contrato y las ordenanzas de circulación, Lobo de Bar se aleja de los límites de la metrópoli para adentrarse en un bosque, primero por un tortuoso camino, luego campo a través, y no sin dificultad, ya que la bicicleta, además de tener las ruedas demasiado pequeñas ante el tamaño de los baches, es asaz pesada y poco versátil para todo lo que no sea circular por un terreno bien asfaltado, recto y cuesta abajo.
El goliardo opta por abandonar el vehículo y depositarlo en el suelo sin mucha delicadeza a la voz de “a tomar por el culo”. No teme represalias por los daños provocados en el trasto porque lo alquiló con el carnet de otro. En pie, mira a su alrededor. El aire del bosque es puro y limpio y su aroma no se parece en nada al de los ambientadores con olor a pino, árbol predominante en la zona. Se enciende un cigarro.
Que haya venido a este pinar no es un hecho casual. Tenía información privilegiada. Un viejo amigo, afanoso recolector de hongos, solía frecuentar tal bosque antes de que le encerraran en el trullo por espolvorear setas de la risa en la comida del geriátrico donde trabajaba como cocinero, y le había contado que, en no pocas ocasiones, había tenido encuentros con Spiderman, al parecer aficionado al retiro campestre cuando no estaba ocupado en enfrentarse a malhechores absurdos, pagarle refrescos carbonatados a Mary Jane o en llevar su pijama a la tintorería. La afición por los psicotrópicos de su amigo no le convertía en la fuente más fiable, pero no tenía otra mejor.
Lobo de Bar camina por el bosque, atento a la orografía, la posición del sol y el desarrollo del musgo para no perderse. Ameniza su paseo con tientos a una botella de pacharán que compró por el camino, ya que una parte indefectible de su gesta es enfrentarse a las pruebas con un grado de embriaguez considerable. En concreto, en la letra pequeña de las condiciones dice que el espíritu de Miss Howley puede aparecerse en cualquier momento para efectuar una prueba de alcoholemia que, de mostrar un nivel inferior a dos miligramos por litro de sangre, implicaría la suspensión inmediata del reto con el resultado de “no superado” o, lo que es lo mismo dicho con épica y mal gusto, de “clamoroso fail”.
No es de extrañar que, con tamaña borrachera, Lobo de Bar no emplee bien sus recursos orientativos y esté dando vueltas incongruentes por el bosque. En cualquier caso, disfruta de su incursión en lo salvaje: ve unos ciervos, un jabalí, pajarillos, alguna extraña flor y no pocos preservativos usados, ya que no se halla lejos de una rotonda de la carretera de circunvalación donde trabajan varias meretrices por turnos para solaz de camioneros y otros conductores, y no es extraño que vendedoras y clientes se internen en la floresta para perpetrar los actos coitales contratados.
Inopinadamente, el goliardo oye unos gritos agudos y advierte, al mirar en la dirección de donde cree que proceden, un extraño brillo entre dos árboles. Se trata de una gigantesca tela de araña en la que ha caído atrapada una ardilla roja, la cual se debate con exasperación entre la vida y la muerte. Lobo de Bar se aproxima al lugar de la captura todo lo sigilosamente que su cogorza le permite, que no es mucho. Al llegar a las inmediaciones de la tela ve como el mítico hombre araña, después de descender con circense agilidad desde las alturas del árbol, rescata al afligido roedor y lo acaricia delicadamente.
- Pobrecita ardilla, pobrecita ardilla - murmura el superhéroe.
- ¿Y qué pretendía cazar con semejante telaraña? – bocea Lobo de Bar, desde debajo.
- Oh – Spiderman no parece sorprendido ni alarmado por la presencia de Lobo de Bar -, nada, a veces las pongo por distracción.
- Bueno, tenga más cuidado la próxima vez, sólo espero que no caiga en sus redes ninguna especie protegida.
- No, no, no se preocupe. ¿Acaso es usted guarda forestal?
- No exactamente. No nos hemos presentado. Me llamo Lobo de Bar, usted es Spiderman, supongo.
- Así es pero, por favor, tutéame.
- De acuerdo, Spiderman, tú también puedes tutearme.
- Gracias.
- Me había hecho a la idea, al parecer errónea, de que eras un personaje eminentemente urbano.
- Ay – Spiderman suspira – la vida en la gran ciudad acaba por ser agobiante, de vez en cuando siento la llamada de la naturaleza.
- ¿Por los efectos animalizadores de la picadura de la araña?
- No, yo creo que la llamada de la naturaleza se debe más a mi romántico espíritu que a los instintos de mi lado arácnido.
- Vaya, vaya. ¿Sabes? Quizá no venga al caso, pero mi hermano siempre ha sostenido que tu historia, con ese rollo de la picadura de la araña radioactiva y toda esa mierda es bastante infantiloide y estúpida. A nuestro tío Venancio una vez le picó una araña en los genitales y la verdad es que no obtuvo superpoderes, salvo que se considere un superpoder que se te inflen las pelotas como si fueran balones suizos en medio de terribles dolores para dejar a posteriori, al reducirse la hinchazón, un escroto flácido y descomunal que, imposible de esconder, siempre asomaba por debajo de la pernera de sus pantalones. Es verdad que a ti no te picaron en los testículos y que la araña a la que me refería no era radiactiva, pero la diferencia de resultados es realmente llamativa e incita al escepticismo.
- Bueno, no sé qué decir, debo de tener mucha suerte.
- Está claro. Espero no estar ofendiéndote, sólo te transmito algunas observaciones de mi hermano, que suele ser muy crítico y que, sospecho, te tiene algo de tirria.
- ¿Era fan de algún otro superhéroe?
- En realidad no. Creo que detesta a todos los superhéroes.
- Es que me pasa mucho. Eso de que me ninguneen porque prefieren a otros, digo.
- No me extraña, desde luego, hay superhéroes mucho más populares: Superman, Batman, el Chapulín Colorado, y si atendemos a la recaudación de las películas, te superan Los Vengadores en conjunto y, por separado, también Iron Man y el Capitán América.
- Bueno, en la última del Capitán América también salía yo.
- En un papel muy secundario... pero no te des mal, Spiderman, el público es caprichoso y, no pocas veces, injusto.
- Gracias por tu consuelo, señor de Bar.
- Y no me detendré ahí, permíteme que te ofrezca un poco de pacharán casero.
El presunto superhéroe desciende por la tela y, bocabajo, con gesto conmovido, acepta la botella que le extiende el goliardo.
- Lo que sí debe ser deprimente – continúa Lobo de Bar - es que, para representarte en pantalla grande eligieran a Tobey Maguire, el cual tan bien encajaba como patán apocado y sudoroso en Miedo y asco en Las Vegas y que, desde luego, no es Christian Bale, ni George Clooney, ni Christopher Reeve, ni Hugh Jackman, ni Robert Downey Jr... ni siquiera Ben Affleck.
- No sé a dónde quieres llegar.
- A que tiene que ser un poco duro que te vean como a un freak timorato y sin grandes virtudes en vez de como a los buenorros machos alfa fornicadores que representan a la mayoría de los superhéroes.
- Nunca lo había visto así.
- Tampoco tiene importancia. No te deprimas, Spiderman.
- Si yo no estoy deprimido.
- No te preocupes, tú sigue ahogando las penas conmigo, así se hacen más llevaderas, toma otro trago de este delicioso pacharán.
Comienza a sospechar, Spiderman, que su interlocutor no es un individuo cualquiera que pasaba por allí. Teme que se trate de un nuevo enemigo que ha ido ex profeso a aniquilarle con enrevesados juegos mentales, aprovechando que, en realidad, además de poco viril, tampoco es muy listo. Lo peor de todo, se dice, es que quizá esté consiguiendo su objetivo, porque la desazón y la tristeza empiezan a dominar su espíritu.
- Seguro que te sientes mejor después de ese trago.
- La verdad es que no mucho.
- Pues no te cortes, sigue dándole al pimple. Con unos buenos lingotazos será más fácil sobrellevar el que tengas que ver tu patética imagen ante el espejo cada mañana, sobre todo cuando llevas ese lamentable traje elástico que ni siquiera resulta original, ya que mezcla de los colores de Supermán, con la máscara de los luchadores mexicanos y un estilismo de la sección de pijamas del Stradivarius.
- ...
- Bebe, bebe, Spiderman, también así olvidarás los sinsabores de tu relación con Mary Jane a la cual, por cierto, vi el otro día en el pornotube protagonizando un torrencial bukake multiétnico con no menos de dos docenas de hombres.
- Eso no es cierto. ¡Basta!, Lobo de Bar – le devuelve la botella.
Una lágrima está a punto de escapar del ojo de Spiderman. El superhéroe se contiene, no puede dejarse llevar, millones de fans le contemplan. Salta desde su tela para propinarle una patada en el pecho a Lobo de Bar, al que pilla desprevenido.
- Sé lo que pretendes, traicionero charlatán, ¡pero no podrás conmigo!
- Spiderman, por el amor de Dios, ¿qué haces? Yo sólo intentaba entablar una conversación puramente amistosa. Perdóname si los comentarios de mi escéptico hermano te resultan hirientes. Creo que estás pagando tus inseguridades conmigo, y eso no es justo...
- ¡Cállate! Tus lamentos y juegos verbales no funcionarán.
- ... ¿qué diría tu íntegro tío Ben, difunto por tu egoísmo y negligencia, al respecto?
- Basta, ¡basta!
Se tiraría de los pelos el presunto superhéroe, mas la máscara se lo impide. Dirige su furia hacia Lobo de Bar que, incapaz de reaccionar a tiempo por sus excesos etílicos, recibe un mediocre puñetazo arácnido en el pómulo.
- ¿Eso es todo lo que eres capaz de hacer, nenaza?
Lobo de Bar se abalanza sobre Spiderman y le da un impetuoso cabezazo en la boca del estómago que casi le deja fuera de combate. El adulto con máscara y colorido pijama trata de reponerse y, para ganar tiempo, lanza por su muñeca una telaraña que atrapa al goliardo.
Se revuelve, Lobo de Bar, en la pegajosa red, por unos segundos se cree derrotado, pero consigue sacar un zippo de su bolsillo y con una cuidadosa utilización de su llama se libera. Spiderman, sensible a los golpes en la boca del estómago, el aguardiente anisado y a las críticas, está vomitando junto a un árbol.
“Estás hecho mierda, Spiderman”, dice Lobo de Bar, aproximándose, y el vergonzoso superhéroe no puede o no quiere reaccionar. El goliardo le asesta un contundente botellazo cuando levanta la cabeza para mirarle con expresión compungida. Cae Spiderman al suelo y Lobo de Bar, enfurecido por la pérdida del pacharán, pues la botella se ha roto, se coloca sobre él.
- Yo sólo quería hacerte llorar. ¿Vas a llorar, Spiderman?
- Nunca, soy un superhéroe de la Marvel.
El hombre araña espera que Lobo de Bar intente golpearle y está preparado para contraatacar. No sabe que el goliardo es un hombre de recursos. De su bolsillo del vaquero saca un pequeño bote de salsa que siempre lleva encima para casos de emergencia relativos a alimentos no lo suficientemente condimentados. Se trata de un botecito de salsa de chile habanero. Lo abre y lo introduce en la boca de Spiderman.
- ¿Te gusta el picante, arañita?
- ...
Apenas derrama unas gotas del casi agotado recipiente. Spiderman, con curiosidad e imprudencia, las saborea. No lo vemos por la dichosa máscara, pero su rostro y su cuello se congestionan: se ponen rojos, morados, se hinchan, y su cabeza parece estallar por sus ojos en un incontenible llanto que desborda la infantil máscara.
Lobo de Bar se pone en pie, victorioso, observa cómo Spiderman llora desconsolado. Encara el horizonte, teñido por la luz crepuscular pero, antes de irse, se da la vuelta y se despide del humillado hombre araña:
- No quiero ser cruel, arañita, pero más terrible será tu llanto cuando la irritante capsaicina del pimiento, tras un largo viaje por tus sobrehumanos estómago e intestinos, llegue a tu heroico recto.

jueves, 20 de octubre de 2016

Lobo de bar y su epopeya infame (Parte 1 de 9)

Las aspas de un vetusto ventilador de techo giran. Apenas consiguen remover el ambiente plomizo de la canícula. Amenaza ruina el mugroso e inconstante aparato, pero Lobo de Bar no parece preocupado por el instrumento de Damocles. Está sentado en una mecedora, vencido por el alcohol y el tedio. La televisión sintoniza informe semanal. Por lo visto, un reciente estudio de la Universidad de Upsala demuestra que las flatulencias y eructos de la cabaña de ganado bovino mundial son el principal causante del cambio climático. Ya hay movimientos de protesta por todo el globo que llaman a la aniquilación de los rumiantes y abogan por una nueva dieta sostenible basada en el tofu, el ñame y las acelgas.
Lobo de Bar, un bigardo de más de doscientas libras cercano a la treintena, con barba y aspecto cimarrón, no atiende a las noticias. Apenas consigue mantener la conciencia y todo el esfuerzo del que es capaz su castigado cuerpo lo dedica a sostener en la mano un vaso medio vacío de whisky barato, con los hielos ya diluidos, hasta que sus dedos comienzan a ceder y aflojan la presa, la cual termina cayendo al suelo. No se rompe el vaso, mas el ruido del impacto le despeja y ve cómo el licor de baja calidad y sin embargo preciado se derrama por la alfombra.
El goliardo se pone en pie, tambaleante, y blasfema:
- Me cago en el cordero de Dios, las vacas sagradas de la India – esto quizá por la influencia en su inconsciente del reporte de informe semanal –, el toro apis y todos los gatos de Egipto.
Para Lobo de Bar, el desaprovechamiento de cualquier gota de licor, por muy funesto que éste sea, constituye una ignominia, y en un momento de agudo pesar cercano a la depresión como el que vive, se transforma en una tragedia. Se rasga las vestiduras, grita amargamente, clama a los cielos, vuelve a la mecedora y adopta una postura deudora del pensador de Rodin, aunque cargada de pesadumbre. Cuando colige su sobreactuación se reprende con dureza: no es su estilo. Consigue sobreponerse, recoge el vaso vacío del suelo y se arrastra hasta el mueble bar para rellenarlo con el nefasto whisky que le queda tras una borrachera demente arrastrada durante días, el whisky que trajo un mal amigo como aportación para la fiesta que inauguró hace ya casi una semana su más reciente espiral autodestructiva.
Tremoso, da un sorbo al brebaje, y no puede reprimir un gesto de disgusto al apreciar su nefando sabor, distinguible incluso para su paladar enajenado por seis días de abuso compulsivo de alcohol, drogas y tabaco en sus más variadas representaciones.
Atraviesa la ventana con la mirada. Al otro lado aparece la noche. Desorientado, baja sus ojos. Viendo el balcón recuerda una miniserie italiana en la que uno de sus protagonistas se arroja inopinadamente al vacío en nochevieja, mientras los fuegos artificiales salpican el cielo. Hoy no hay fuegos artificiales, tampoco estrellas, apenas luce la luna, oculta entre tenebrosas nubes.
Sus pensamientos son demasiado negativos, quizá necesite ayuda. Coge el teléfono. No va a llamar al teléfono de la esperanza. Tampoco pedirá al teletienda el libro “Fuerza para vivir”, que promocionaba en surreales anuncios Donato Gama da Silva. Piensa en llamar a alguno de sus amigos. Duda antes de marcar un número. Los mejores goliardos de su generación cayeron en las redes de la insania, y los demás, es decir, la mayoría, se han adocenado en vidas previsibles y tranquilas. Ya no responden a los requerimientos de sus viejos colegas. Probablemente dominados por su espíritu sobreviviente han dejado atrás las experiencias al límite para convertirse en buenos maridos y en buenos padres, en individuos respetados o cuando menos admitidos en la sociedad biempensante que antes detestaban. Como el Príncipe Hal pero en cutre.
Por fin, marca el teléfono del Dr. Strangelove, hombre de avanzada edad y remarcable degeneración, crítico de cine, experto en sexo tántrico y patafísico nuclear, mentor y apoyo para todos los goliardos del mundo.
El Dr. Strangelove acude raudo a la cueva de Lobo de Bar. Domina la estancia con su larga figura – más de metro noventa – y su carisma de hombre viajado, misterioso y buen conversador. Ha traído refuerzos: dos botellas de Wild Turkey. Se sirve en un vaso que ha rescatado de la fregadera. Lobo de Bar le observa a contraluz, hipnotizado por el aura de su deslumbrante melena blanca.
- Tu resaca es grave – dice el sabio – tanto que no consigues mitigarla con el renovado flujo de alcohol de tu sangre, y te está abismando en pensamientos oscuros.
- Doctor, lo sé. Es cierto que en los últimos seis días me he excedido en la matanza de neuronas y mi sufrido cuerpo protesta. Sin embargo, esta desazón no es nueva. Hace mucho que siento una grave pérdida de ilusión y de esperanza. Mis borracheras ya no son lo divertidas que eran, y las resacas resultan cada día más letales en lo anímico.
- No eres un amateur, Lobo de Bar. Sabes que la vida tiene sus altibajos, más acusados para dipsómanos como nosotros. Ahora estás en el nadir. Eres un crápula y siempre has sabido disfrutar de la vida. Confía en ti mismo. Llegarán tiempos mejores.
- Tus palabras no me ofrecen consuelo. Te comprendo, sé que tienes razón…
- …pero eres impaciente.
- Sí, y no sólo eso, también siento que he probado ya todos los cálices.
- Eso es mucho decir.
- He visto amanecer más de mil veces tras noches de farra de lo más bizarro, en los cinco continentes, he admirado infinidad de maravillas de la naturaleza y del arte de los hombres, no he sido ajeno a los más variados placeres de la carne…
- Has visto naves de ataque en llamas más allá de Orión, Rayos-C brillar en la oscuridad, cerca de la puerta de Tannhäuser. Jajaja. Conozco tu vida y obras, Lobo de Bar, y son notables, sin duda, pero siempre hay algo más.
- ¿El qué?
- Cada experiencia, cada borrachera, cada viaje, cada mujer, son nuevas e irrepetibles.
-
- Tranquilo, Lobo de Bar, elimina la incredulidad de tus ojos, sé que no me has llamado para que te ofrezca un discurso filosófico, ni para que te recomiende temperancia. Eres un cabrón ansioso, te consumes en tu inconstante e insaciable hambre por la vida, eso será tú perdición, un día. Pero antes de que ese día llegue, sé que eres capaz de grandes cosas y siento curiosidad por verte en acción. Tranquilo. Jajajaja. Te daré un remedio para tus pesares. Jajajaja.
La risa profunda y limpia del Dr. Strangelove retumba en la habitación. Lobo de Bar se sirve un Wild Turkey expectante, sin perder de vista al viejo patafísico. Observa cómo apaga la televisión y enciende el tocadiscos. Suena When the music is over. El doctor, con el vaso en la mano, da un paso hacia delante, dos hacia atrás, inicia un baile que no se aprenderá en ninguna escuela: lento, inarmónico, demencial, y se enciende un habano. Al ver la mirada sorprendida de Lobo de Bar vuelve a reír estruendosamente. Se pone unas gafas de sol. Salta. Gira sobre sí mismo. Se mueve como un chamán de otro continente y de otro tiempo, otro salto, comienza a desfilar a trompicones y Lobo de Bar espera que forme círculos, pero lo que dibuja en el suelo es la figura de una mano con todos los dedos recogidos salvo el corazón, enhiesto.
De súbito, precisamente sobre la punta del imaginario dedo corazón aparece un pilar en llamas y, sobre él, San Bukowski en la postura del loto, rodeado de doce tardoadolescentes voladoras con los pechos al aire que vierten oporto en su gaznate y le acarician. Con un gesto sutil de su mano ordena a sus angelicales groupies que dejen de ofrecerle bebida y se centren en sus afectuosos tocamientos para poder hablar.
- Buenas noches Dr. Strangelove, buen amigo, buenas noches Lobo de Bar, fiel y más que digno seguidor - dice.
- Me alegro de verte San Bukowski, y siento interrumpir tu etílico reposo eterno – responde Strangelove.
- Sin ceremonias, doctor.
- Has empezado tú, jajaja.
- Mea culpa entonces.
El Dr. Strangelove sonríe y se sienta en una silla destartalada.
- Verás. Supongo que los inconmensurables placeres de los que disfrutas en tu gozosa vida eterna han impedido que prestes atención a las últimas vivencias de nuestro colega aquí presente, Lobo de Bar.
- ¿A qué te refieres? Es verdad que muero rodeado de distracciones, pero no soy ajeno a las múltiples y memorables aventuras de este canalla – guiña el ojo al interfecto.
- Últimamente, este intrépido goliardo anda algo alicaído. No encuentra alicientes, cree que lo ha vivido casi todo.
- Jajaja. Lobo de Bar, cierto es que has vivido mucho. Has sido campeón mundial de alcoholismo, subiste los cinco puntos del Machu Picchu en un solo día, has amado a muchas mujeres, te cargaste a Batman en buena lid después de atravesar un desierto, diste el segundo mejor discurso de boda de la historia… pero me sorprende que estés tan decaído. Puedes llegar mucho más lejos. Tienes imaginación.
- San Bukowski, es cierto que mis borracheras me han llevado por caminos inimaginables para la mayoría y que me he divertido y disfrutado como pocos. Sin embargo, últimamente he sufrido varias juergas rutinarias e insatisfactorias.
- Te comprendo Lobo de Bar, yo también he pasado por eso, y el Dr. Strangelove, claro, por eso se ríe, y muchos otros, pero eso ya lo sabes, y si el Dr. Strangelove me ha invocado, es seguro porque necesitas un revulsivo. ¿Me equivoco doctor?
- En aboluto.
- Jajaja, lo sabía. Refrescadme la boca, huríes, ya apenas noto el sabor del oporto en mis fauces – las ángeles satisfacen sus deseos - . Bien, Lobo de Bar, pues aquí está mi reto, y no será un reto único sino múltiple, porque hoy me siento deudor de los clásicos y, como a Heracles, te voy a encomendar doce pruebas para que demuestres tu valía y para darte la oportunidad de obtener un lugar a mi lado en el nirvana.
- Eres el puto amo, San Bukowski.
- No te emociones tanto, Lobo de Bar, vas a sudar whisky y, si fallas, fenecerás en el anonimato de los bebedores vulgares.
- Desconozco el miedo ante retos de este cariz.
- Jajaja. Nunca te has enfrentado a un reto como éste.
- ¿Qué tengo que hacer, idolatrado San Bukowski? Me inflamo de ganas por comenzar.
- Entonces ya hemos conseguido algo: matar al spleen.
- ¡Por Satán! ¿Qué tengo que hacer?
- Respira goliardo. Te lo digo ya. Si quieres tener plaza a mi vera en el paraíso debes viajar a algún sitio no pisado por el tío Matt, robar los gayumbos de Pablo Iglesias, vencer en una carrera a Usain Bolt, follarte a una pija, matar a un animal mitológico, hacer llorar a Spiderman, limpiar los establos y la sonrisa de Carlos Baute, visitar el inframundo y volver, establecer un récord Guinness absurdo, recuperar la amistad de Splinter, asistir impasible a un concierto de Gogol Bordello y recitar de memoria el poema de Mio Cid en castellano antiguo y borracho.
- No es poca tarea.
- ¿Te amilanas?
- En absoluto. ¿Cómo certificaré mis hazañas? ¿Estarás tú, San Bukowski, vigilando omnipresente?
- Para nada. Tengo mucho que hacer y no eres tan importante. El espectro de Miss Howley, la cronista de los chochomiles, se encargará de certificar tus éxitos.
Mira Lobo de Bar hacia el Dr. Strangelove, que asiente. El goliardo respira hondo e, inhibido por el ansia, prosaicamente, dice:
- Manos a la obra.

lunes, 17 de octubre de 2016

El Premio desfase y los goliardos

Hace unos meses, los goliardos vimos con buenos ojos e ilusión la convocatoria de un concurso en la editorial LCLibros llamado Premio Desfase, ya que no hay nada que se nos dé mejor que entregarnos a los excesos, también literarios. El premio buscaba originalidad y transgresión, requería mentar en algún punto los gayumbos de Pablo Iglesias y se entregaba el mismo día que el premio Planeta, para destacar su carácter gamberro y outsider.

Sin dudarlo, nos pusimos al tajo y escribimos una delirante nouvelle entre trago y trago de tal forma que, de conseguirlos, los 500€ del premio ni siquiera alcanzarían a compensar el coste etílico de su redacción.

Hoy ya sabemos que nuestra historia no resultó ganadora y ni siquiera quedó entre las siete finalistas, todas ellas publicadas en la editorial al módico precio de 8€ (o a 3€ cada una si se compran por separado). Para que la derrota fuera perfecta, a los goliardos nos hubiera gustado que únicamente se presentaran ocho obras al concurso: las siete finalistas y la nuestra, pero al parecer hubo alguna más.

En cualquier caso, por si alguien tenía alguna duda, queda claro que los goliardos estamos en la marginalidad más absoluta, más allá incluso de una editorial y un premio en las antípodas de lo comercial. Y también, como no, que somos unos magníficos perdedores.

Para celebrar nuestra derrota daremos vidilla a este blog últimamente agonizante con la publicación del relato en fascículos.

El título es:

Lobo de Bar y su epopeya infame.

sábado, 3 de octubre de 2015

Homenaje a El mundo today

Rajoy confunde a Tyrion Lannister con un niño y le besuquea en plena campaña electoral.
El querido SPOILER parricida, que estaba de vacaciones en Pontevedra, no da crédito a lo sucedido. Estaba ensimismado en sus planes de aniquilar a su hermana Cersei Lannister cuando le aupó el político y posó sus húmedos labios sobre su faz. Mi primera reacción, asegura, fue decir que no volvería a este país, "pero me gustan demasiado sus tascas".

Pablo Iglesias niega que le hayan sobornado con tiques regalo del Alcampo.
"Lo intentaron, pero soy incorruptible" declara.

Jordi Hurtado confiesa que escribió su primer libro con pseudónimo: San Lucas
"Por aquel entonces era muy tímido". El conocido presentador reconoce que no vivió los hechos de primera mano sino que los escuchó retransmitidos por Matías Prats.

El Papa confiesa que es paraguayo.
"De pequeño me gustaba la ternera y quería ser psicoanalista, por eso me cambié de nacionalidad. Hice bien, hubiera sido muy difícil llegar a Papa siendo paraguayo. También ganar dos mundiales". 

Jordi Hurtado niega que las pinturas de Altamira sean obra suya.
"Al menos no todas", dice con modestia. Siempre se me dio fatal dibujar a los mamuts, de eso se encargaba mi tío Atanasio.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Discurso de un goliardo en la boda de su hermano

Por fin te casas hermano coñón, gandul, holgazán desaseado...

(Azoramiento fingido) Uy, perdón, esta parte está tachada, creo que no tenía que haberla leído. El discurso oficial debe ser el que aquí empieza:

Queridos familiares, amigos y otros.

Al valorar la conveniencia de leer este sermón en la Iglesia encontré ventajas, como demostrar qué gran cura se perdió el mundo por culpa del celibato. O el poder darlo impreso junto a los evangelios, todo un honor, para que, con los subtítulos, se pueda entender lo que no vocalice.

Sin embargo, me dije que estaría muy feo pronunciar en la casa del Señor las palabras malsonantes que probablemente aparecerían, como por ejemplo “cojón”, para decir que un día lo pasamos de cojón o que mi hermano tiene cada cojón más grande que los dos del caballo de esparteros juntos.

También quería evitar el uso de blasfemias y citar la hostia no en el contexto de la comunión, sino para decir que un día mi hermano se puso pesado y tuve que calzarle dos hostias o que otro día se enganchó una borrachera de la hostia...

Aprovecho para decir que este discurso no es para todos los públicos, si había algún niño en la sala, debería haberse marchado.

Mi disertación se centrará en mi hermano. No porque Julieta no merezca unos cuantos de mis insultos, que sin duda los merece, sino porque he aguantado a Romeo durante muchos años y el resquemor es más grande.

Es más, ahora le aguanta ella y yo me libro un poco. Más de doce años lleva con él, quién le iba a decir que iba a ser tan larga... la resaca de aquella nochevieja.

Pero vayamos al pasado. Mi hermano fue un niño muy tocapelotas. Se podía tirar el día colgado encima de ti como un mono para que le hicieras caso, tenía cierta predisposición a chivarse de mi casi siempre irreprochable comportamiento y, además, se tiraba pedos como un gañán.

(Como improvisando) Empiezo a arrepentirme de no haber leído esto en la iglesia. Como John Cleese, de los Monty Python, fue el primero en decir “fuck” en un funeral televisado, yo podría haber sido el primero en decir “cojón” en una iglesia de Soria.

En fin... En su infame infancia, además de molestar, chivarse y pederse, mi hermano era aficionado a dar mordiscos, primero a mí, hasta hacer herida, luego a sus amigos y, más tarde, a las chicas. Algo estaba cambiando.

Contra todo pronóstico, el muchacho empezó a reformarse. Supongo que mi virtuoso ejemplo y, sobre todo, las palizas que le di, sirvieron para algo.

Y es que, hay que reconocer que, aunque siga siendo un tanto friki, tras muchos años, botellas de wild turkey y lecturas de Bukowski, se ha convertido en un degenerado de provecho. Entre otras hazañas, se sacó la carrera con premio extraordinario, consiguió trabajo fuera del circo, subió los cinco puntos del Machu Picchu en un solo día y, lo más sobresaliente: es capaz de beber más cerveza que un lanzador de peso búlgaro y de quedarse dormido de pie en los bares  - a veces, después de haber dicho el abecedario en un eructo.

Tampoco hay que quitarle mérito al hecho de que conquistase a una mujer como Julieta, que aunque no sea muy de fiar porque bebe ron - sí, los que bebéis ron no sois de fiar y los que bebéis bitter kas, tampoco - al fin y al cabo tiene las facultades mentales más o menos en orden y, en líneas generales, es aceptable para un Chewbacca como mi hermano.

Más de doce años llevan juntos... quién lo iba a pensar. Y más de cinco viviendo bajo el mismo techo, eso sí... en camas separadas.

Todos los que estáis aquí conocéis a Julieta y a Romeo, creo que me estoy extendiendo demasiado - podría decir incluso que me estoy extendiendo un cojón - con el relato de sus vidas y milagros. No seguiré, quien quiera saber más, que se compre sus memorias.

Y, precisamente porque les conocéis, me puedo saltar la parte empalagosa en la que digo que son maravillosos, que hacen una pareja ideal y todas esas mariconadas.

También evitaré otros tópicos, como ese que dice que no pierdo a un hermano sino que gano a una hermana o que si tomas una cucharada de aceite antes de las copas no tendrás resaca: son una mierda.

Así que creo que sólo me queda desearles lo mejor, transmitirles mi profundo afecto, y rogarles que me liberen pronto de la presión a la que estoy sometido como primogénito: la de inundar el mundo de churumbeles.

(Hacia los novios, saco unos DVDs del bolsillo) Para ello, os he traído unas películas didácticas: Debajo del abeto te la meto 3, Iba al trabajo y me comieron lo de abajo 6, etcétera, porque supongo que después de más de doce años de castidad andaréis un poco perdidos en esos temas.

Ahora en serio, y disculpad mis bromas. Sinceramente os deseo... que os vaya de cojón.

Salud



jueves, 14 de mayo de 2015

Esos días sin plan

Un delirante Lobo de Bar amanece por la tarde cubierto de sudor. Hay 33º grados en su casa, considera imposible dormir. La noche previa terminó de forma no muy digna en el autobús de vuelta de unas fiestas patronales alteradas por la tormenta. Unas fiestas que se preveían a la intemperie y terminaron en un bar de carretera con futbolín, precios módicos y un singular dueño peruano-nipón.

Pero aquello queda lejos. Ahora lo que hay es una luz cegadora, un cuerpo que suda whisky y una cuestión problemática. Lobo de Bar se plantea si pasar la resaca en la piscina donde puede hallar a la ninfa que le rompió el corazón o si abrir una cerveza.

En la piscina podrá leer, refrescarse, permitir que su hígado y sus riñones terminen de depurar los excesos del ayer, y puede que vea a la ninfa, y quizá le vuelva a romper el corazón, o quizá le abra la puerta a un mañana diferente.

Si se toma una cerveza su nivel de alcohol en sangre volverá a parámetros desconocidos por los cosacos del Volga y dará comienzo una nueva jornada de degeneración con imprevisibles consecuencias.

Escuchamos el sonido de una lata de Ambar que se abre.

Como es verano Lobo de Bar ha dejado temporalmente el rock y el oporto y se abandona a la cerveza con limón y a los sonidos africanos y latinos. En concreto ha descubierto un disco añejo llamado Los diablos del ritmo, óptimo para arrojarse por una espiral cálida y demente.

Es un sábado de agosto sin plan preconcebido. En principio no hay nadie disponible en la ciudad y las primeras cervezas y horas transcurren en solitario, con el único acompañamiento de esa música tropical enloquecida. Su mente deambula por los acontecimientos vividos en las últimas semanas. Ha terminado de escribir un libro, ha perdido un amor, se ha reencontrado con otro, ha visto que la vida sigue, las canas proliferan, y el alcohol le acompaña entre amable y traicionero en su descenso autodestructivo.

Durante tal vorágine, Lobo de Bar ha mandado botellas con mensajes que incitan a la farra, algunos se perdieron en el océano, otros no obtuvieron resultado, dos logran que su destinatario acuda raudo a la llamada del gintonic vespertino.

En su decadente salón, dos viejos amigos preparan con ginebra, limón y tónica un combinado adusto, alejado de las ensaladas a la moda. La conversación se anima y les lleva a destinos lejanos, a viajes recientes y a guazas antediluvianas, casi perdidas en su memoria, a guazas que fundamentaron amistades ilógicas con vínculos difíciles de romper.

Arrastrados por responsabilidades probablemente vergonzosas, los contertulios de Lobo de Bar desaparecen. Él podría desistir y dejarse vencer por el sueño, pero confía en la bendición de San Bukowski para los planes imprevistos, confía en esos días de los que nada se espera y terminan siendo memorables.

Uno de sus amigos le sugirió que fuera a cenar con dos sujetos para él ignotos que, gracias a su recomendación, le ofrecen compañía. Alegre de abandonar su casa, Lobo de Bar monta en una bici y recorre la ribera del río al anochecer: mosquitos, murciélagos y parejas acarameladas y sorprendidas en actos en mayor o menor medida impuros.

Los amigos de su amigo son dos tiradores de élite, uno de ellos exagente de la KGB. Le llevan a un excelso bar de tapas donde se funden tradición y modernidad en la búsqueda de nuevos matices para platos de siempre.

Tras la cena, abundosa y bien maridada, deciden facilitar la digestión ingiriendo licores en una terraza. La temperatura es óptima. Los tiradores de élite cuentan anéctodas de su profesión con gracia, saben imprimir a las historias intriga y tempo, y plagarlas de personajes carismáticos. Lobo de Bar, halagado por las atenciones que le prodigan, no intenta competir con relatos tragicómicos teñidos por lo surreal. Esta noche no es su papel.

Cuando la terraza cierra se retira el exagente. Los dos perdidos restantes se encaminan a una taberna irlandesa. Allí hay más alcohol y una camarera que se distingue por la elegancia que emana de su cuerpo, que nace en una espalda descubierta, pasa por un cuello que reclama mordiscos y llega  hasta unos ojos conocedores de los arcanos de la seducción y del sexo.

Se dejan conquistar por la sacerdotisa del templo hasta que, a la hora de cierre, huye en una calabaza de 220 caballos. Son las cinco de la mañana, una hora de retirada razonable. En las inmediatas cercanías no hay tugurios abiertos. Se van todos.

Todos menos Lobo de Bar.

Han sido muchas las ocasiones que ha tenido a lo largo del día y de la noche para recogerse, muchos los trenes camino a la cordura que ha dejado pasar. Pero no ha tenido bastante.

Camina hasta un antro donde se refugia lo más granado de la caterva noctívaga, la élite de la depravación insomne. Allí beben espirituosos infames sin atender a la música, digna del averno, con temeraria despreocupación, sin importarles, en absoluto, el mañana.

Hace tiempo que Lobo de Bar se mueve en los círculos dantescos de la ciudad y no es raro que se encuentre a varios conocidos con los que comparte conversaciones beodas e incluso partidas de ajedrez. Y en ello pasa el tiempo mientras amanece, cantan los pájaros y la gente temerosa de Dios asiste a la eucaristía dominical.

Lobo de Bar se plantea por fin abandonar ese barco ya naufragado, pero en su incipiente huida divisa a una profesora de su época universitaria Es una de las pocas que gozaban de su simpatía, de forma que la saluda e inicia una conversación delatora de excesos etílicos cuyo tema estrella es la universidad: ente y circunstancia.

Pronto llegan a lo personal y hablan de ella como profesora y de él como alumno, y se respira en la atmósfera que ambos preferirían estar solos. Los prudentes acompañantes de la maestra se retiran, y quedan profesora y exalumno conversando, sin que parezcan extrañados por lo inhabitual del encuentro y la situación ni por lo intempestivo de la hora.

Lobo de Bar confiesa que fue una de sus mejores profesoras, pero que parecía demasiado cercana y demasiado joven como para que la tomaran en serio. Luego, unidos por la antipatía, hablan de personajes detestables. Ella, algo picada por el comentario previo, asegura ser más severa. Lobo de Bar protesta: verla era uno de los pocos alicientes en aquel lugar siniestro donde pasaban las horas con la pesadez de un reloj de plomo. Le pregunta si no se percataba de cómo la miraba en clase. Ella le dice que sí, que un poco, y se ríe turbada, y la mano de Lobo de Bar, que ya ha rozado varias veces el vestido, se posa definitivamente en su costado, y sus caras se aproximan para confirmar lo que hace rato decían sus ojos .

Una sucesión de besos nace de sus bocas, impropia del entorno donde se están dando, impropia de un antro obscuro dedicado por entero a la depravación, un antro obscuro donde parecía haber lugar para todo salvo para la belleza.


Con el sol en lo más alto deciden guarecerse. Abismados en el placer y el asombro follan borrachos, divertidos, impropiamente cariñosos. Se entienden sin palabras como desde el primer momento, cuando se encontraron, y sí, es ilógico e irreal, y el alcohol no es ajeno a su hipnosis, y quizá debieran pensar en un mañana, pero les parece tan dulce vivir en un duermevela de sexo que prefieren seguir y seguir, hasta que caiga de nuevo la noche, cuando sea demasiado tarde como para despertar.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Crítica de Bar: Ragtime

Retomo la escritura en el blog para hablar de lo que más nos gusta a los goliardos: los bares, y alguien podría aducir que lo que más nos gusta son las mujeres y el alcohol, y sería cierto, pero las mujeres y el alcohol saben mejor en un buen garito.

Y siento cierta vocación de servicio público al hablar de bares con encanto, pues los que había en la ciudad van cerrando o cambiando de dueños, como algunos de los que han pasado por esta sección: el Bar, el Páramo o, más recientemente, La Crepa. Guardemos un minuto de silencio por ellos.

Hoy hablaré de un bar distinto a los referidos hasta la fecha, pues se trata de un bar de jazz.

Después de atravesar unas pesadas puertas se llega a un lugar diferente, de variada decoración, reflejo de sus más de 25 años de vida. En la barra e inmediaciones abundan los motivos británicos, por ejemplo un póster de Escocia o la bufanda de un equipo inglés, creo recordar que el Lincoln City. En las elegantes estanterías, culminadas por leves arcos de madera, hay objetos variados: campanillas, ovejas de barro... y, por supuesto, botellas, unas cuantas de whisky, sólo un poco cubiertas de polvo.

Frente a la barra, un mueble de madera con cristal esmerilado parece una puerta o una ventana a otros tiempos: tras él, una fotografía en blanco y negro a tamaño natural nos muestra a unos personajes de antaño.

El bar es alargado y tiene un aire colonial, con sus sillas de mimbre, sus mesas blancas, y sus viejos anuncios de bicicletas o del Moulin Rouge en las paredes. Al fondo, hay un cuadro azul, una batería y, muchas veces protagonista, un vetusto piano vertical.

En el Ragtime suena, como ya hemos avanzado, jazz, el que selecciona Jesús, excelente y culto barman, además de actuaciones en directo improvisadas.

Llegamos aquí a uno de los aspectos distintivos del bar, su público, generalmente de avanzada edad pero siempre curioso, Es posible por ejemplo encontrarse con Domingo Belled, un pianista octogenario afincado en Holanda que de vez en cuando viene de aquel país para comerse unos huevos con puntillas y tocar en el Ragtime.

Y es que, por algún motivo es un bar propenso a que sucedan cosas extrañas. Como ésa, encontrarse a Domingo Belled al piano, o a otros músicos de renombre, o a un anciano gentleman que se pilla a unas guazas de aúpa mientras ofrece interesante conversación, o a un cliente habitual que ha traído un prestigioso queso gallego y se esmera en la búsqueda de la tapa perfecta, o a una mujer envuelta en sábanas que ha bajado para refugiarse porque ha entrado alguien en su casa.

Aunque el suceso más curioso al que he asistido fue la aparición, en un tranquilo día de invierno, de un peculiar grupo formado por dos lugareños y un hombre de 150 kilos, ostentoso bigote y aspecto de mexicano que extrajo del piano sonidos envolventes y desconocidos. Según me dijo el barman, se trataba de Dorian Wood, que estaba de gira por España y es éste señor:



La calificación del Ragtime es 6 BOBs - 1 por tener un ambiente más tranquilo y viejuno de lo preferido por lo goliardos + 1 por su propensión a los sucesos extravagantes. Total: 6 BOBs.

viernes, 14 de marzo de 2014

El anillo de los goliardos

A falta de perfeccionamiento y probables extensiones, los goliardos orgullosamente presentamos el juego de beber definitivo, inspirado en el Ring of fire y el Señor del tres: El anillo de los goliardos.

Se juega con una baraja preferentemente española y de Heraclio Fournier. Se coloca boca abajo formando un círculo alrededor de un vaso vacío. El juego consistirá en ir levantando cartas por turno, en sentido inverso al de las agujas del reloj, y cumplir (por una vez) con las normas estipuladas. Hay normas para el 8, el 9 y el 10 que, obviamente, no serán utilizadas si la baraja es la tradicional de 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, sota, caballo y rey.

El que tenga el pelo más largo empieza, si hay empate se compara el de los genitales.

As – Cascada. Todos vaso en mano. El que ha levantado la carta empieza a beber, el siguiente le sigue inmediatamente y así hasta el último. Cuando el que ha levantado el as deja de beber, el siguiente puede parar o seguir tragando, cuando él pare el tercero se enfrenta a la misma elección y así sucesivamente.

Dos – Es amor. Beben el que levanta la carta y otro que elija.

Tres – Señor del tres. El primero que levanta un tres en la partida será el Señor del Tres hasta el final de la misma. Tal honor consiste en que cada vez que salga un tres o un múltiplo de tres (3, 6,9 si lo hubiera y rey), bebe.

Cuatro – Tu retrato. Bebes.

Cinco – Maestro Corazón. Antes de que el turno vuelva a ti tienes que poner el dedo corazón sobre la mesa y los demás seguirte. El último bebe.

Seis – Temas. Escoge un tema (por ejemplo: cosas que se encuentran en un campo de fútbol, marcas de brandy, dictadores sanguinarios...), el siguiente tiene que decir una palabra relacionada, el siguiente otra y así sucesivamente hasta que alguien se quede en blanco, que será quien beba.

Siete – Rimas. Di una palabra cualquiera, el siguiente jugador tendrá que decir otra que rime con la anterior, y el siguiente otra, hasta que el que falle beba.

Ocho – Chochos. Beben las chicas.

Nueve – Penes. Beben los chicos.

Diez - Preguntas. Haz una pregunta al siguiente jugador, éste, sin responder e inmediatamente, tiene que hacerle otra al siguiente y así sucesivamente hasta que alguien calle y beba.

Sota – Levanta otra carta y manda el número de tragos correspondiente (con un as 1, con un 2 dos... con un rey 12).

Caballo – Pon una regla. Durará hasta que el turno regrese a ti.

Rey – Rey ruso. Quien saque un rey vierte de su copa la cantidad que quiera en el vaso que está en el medio. El que saque el cuarto y último rey se bebe el contenido del vaso. Es entonces cuando termina la partida.

lunes, 24 de febrero de 2014

El cine no ha muerto

Dr. Strangelove: No se ha hablado poco de la crisis que atraviesa el cine, una crisis ligada a los avances tecnológicos y el cambio de hábitos de consumo, pero también una crisis creativa. La primera década del milenio ofreció pocas películas memorables. Que me vengan a la mente Ciudad de Dios, Old Boy, El Pianista... y siguieron interesando las obras de Tarantino, Scorsese, Burton, Pixar, Wong Kar Wai, Eastwood...

“El cine ha muerto, los buenos guiones están en las series”, se dice. Y no faltan argumentos para sostener esta hipótesis. Ya hemos comentado alguna serie excelsa, los blockbuster de los últimos años han sido películas dirigidas a adolescentes con guiones mayoritariamente mediocres, casi siempre con superhéroe de por medio.

Pero hete aquí que en un mismo año aparecen unas cuantas películas extraordinarias:

La vida de Adele: una película arriesgada, tres horas de primeros planos, muchos mocos, genitales femeninos también, pero sobre todo una historia humana (no sólo de amor) profundamente real y viva. A mi edad, me enamoré de Adele.

La gran belleza: la búsqueda del sentido de la vida en el arte y la belleza frente al abismo de la la vacuidad y la desidia, La dolce vita postmoderna, y un personaje memorable: Jep Gambardella.

El lobo de Wall Street: llámenla Miedo y asco en Wall Street, una ópera bufa desopilante, Scorsese en plena forma, Casino pero a lo bestia.

A propósito de Llewyn Davis: uno de los mejores retratos recientes sobre el fracaso, sin concesiones, sin aspavientos, quizá por eso la primera impresión es que falta algo, un empujón, no es así, ganará con el tiempo.

También merecen la pena Stoker, un cuento tenebroso y gamberro de sensual estética; el drama sureño de Mud, de sólido guión; Blue Jasmine gracias sobre todo a Cate Blanchett; la exquisitez formal de 12 años de esclavitud y de La mejor oferta; el poderío técnico de La desolación de Smaug; algunas escenas de la irregular The Grandmasters; la turbia teatralidad de La Venus de las pieles, los excesos barrocos de El gran Gatsby, La espuma de los días y Sólo Dios perdona... etc etc


Y quizá la industria del cine no esté respondiendo a los nuevos hábitos de consumo con la rapidez deseada, quizá la política de precios de las salas de cine podría ser más imaginativa... pero para que no muera el cine lo que más falta hacía era esto: buenas películas.