sábado, 3 de octubre de 2015

Homenaje a El mundo today

Rajoy confunde a Tyrion Lannister con un niño y le besuquea en plena campaña electoral.
El querido SPOILER parricida, que estaba de vacaciones en Pontevedra, no da crédito a lo sucedido. Estaba ensimismado en sus planes de aniquilar a su hermana Cersei Lannister cuando le aupó el político y posó sus húmedos labios sobre su faz. Mi primera reacción, asegura, fue decir que no volvería a este país, "pero me gustan demasiado sus tascas".

Pablo Iglesias niega que le hayan sobornado con tiques regalo del Alcampo.
"Lo intentaron, pero soy incorruptible" declara.

Jordi Hurtado confiesa que escribió su primer libro con pseudónimo: San Lucas
"Por aquel entonces era muy tímido". El conocido presentador reconoce que no vivió los hechos de primera mano sino que los escuchó retransmitidos por Matías Prats.

El Papa confiesa que es paraguayo.
"De pequeño me gustaba la ternera y quería ser psicoanalista, por eso me cambié de nacionalidad. Hice bien, hubiera sido muy difícil llegar a Papa siendo paraguayo. También ganar dos mundiales". 

Jordi Hurtado niega que las pinturas de Altamira sean obra suya.
"Al menos no todas", dice con modestia. Siempre se me dio fatal dibujar a los mamuts, de eso se encargaba mi tío Atanasio.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Discurso de un goliardo en la boda de su hermano

Por fin te casas hermano coñón, gandul, holgazán desaseado...

(Azoramiento fingido) Uy, perdón, esta parte está tachada, creo que no tenía que haberla leído. El discurso oficial debe ser el que aquí empieza:

Queridos familiares, amigos y otros.

Al valorar la conveniencia de leer este sermón en la Iglesia encontré ventajas, como demostrar qué gran cura se perdió el mundo por culpa del celibato. O el poder darlo impreso junto a los evangelios, todo un honor, para que, con los subtítulos, se pueda entender lo que no vocalice.

Sin embargo, me dije que estaría muy feo pronunciar en la casa del Señor las palabras malsonantes que probablemente aparecerían, como por ejemplo “cojón”, para decir que un día lo pasamos de cojón o que mi hermano tiene cada cojón más grande que los dos del caballo de esparteros juntos.

También quería evitar el uso de blasfemias y citar la hostia no en el contexto de la comunión, sino para decir que un día mi hermano se puso pesado y tuve que calzarle dos hostias o que otro día se enganchó una borrachera de la hostia...

Aprovecho para decir que este discurso no es para todos los públicos, si había algún niño en la sala, debería haberse marchado.

Mi disertación se centrará en mi hermano. No porque Julieta no merezca unos cuantos de mis insultos, que sin duda los merece, sino porque he aguantado a Romeo durante muchos años y el resquemor es más grande.

Es más, ahora le aguanta ella y yo me libro un poco. Más de doce años lleva con él, quién le iba a decir que iba a ser tan larga... la resaca de aquella nochevieja.

Pero vayamos al pasado. Mi hermano fue un niño muy tocapelotas. Se podía tirar el día colgado encima de ti como un mono para que le hicieras caso, tenía cierta predisposición a chivarse de mi casi siempre irreprochable comportamiento y, además, se tiraba pedos como un gañán.

(Como improvisando) Empiezo a arrepentirme de no haber leído esto en la iglesia. Como John Cleese, de los Monty Python, fue el primero en decir “fuck” en un funeral televisado, yo podría haber sido el primero en decir “cojón” en una iglesia de Soria.

En fin... En su infame infancia, además de molestar, chivarse y pederse, mi hermano era aficionado a dar mordiscos, primero a mí, hasta hacer herida, luego a sus amigos y, más tarde, a las chicas. Algo estaba cambiando.

Contra todo pronóstico, el muchacho empezó a reformarse. Supongo que mi virtuoso ejemplo y, sobre todo, las palizas que le di, sirvieron para algo.

Y es que, hay que reconocer que, aunque siga siendo un tanto friki, tras muchos años, botellas de wild turkey y lecturas de Bukowski, se ha convertido en un degenerado de provecho. Entre otras hazañas, se sacó la carrera con premio extraordinario, consiguió trabajo fuera del circo, subió los cinco puntos del Machu Picchu en un solo día y, lo más sobresaliente: es capaz de beber más cerveza que un lanzador de peso búlgaro y de quedarse dormido de pie en los bares  - a veces, después de haber dicho el abecedario en un eructo.

Tampoco hay que quitarle mérito al hecho de que conquistase a una mujer como Julieta, que aunque no sea muy de fiar porque bebe ron - sí, los que bebéis ron no sois de fiar y los que bebéis bitter kas, tampoco - al fin y al cabo tiene las facultades mentales más o menos en orden y, en líneas generales, es aceptable para un Chewbacca como mi hermano.

Más de doce años llevan juntos... quién lo iba a pensar. Y más de cinco viviendo bajo el mismo techo, eso sí... en camas separadas.

Todos los que estáis aquí conocéis a Julieta y a Romeo, creo que me estoy extendiendo demasiado - podría decir incluso que me estoy extendiendo un cojón - con el relato de sus vidas y milagros. No seguiré, quien quiera saber más, que se compre sus memorias.

Y, precisamente porque les conocéis, me puedo saltar la parte empalagosa en la que digo que son maravillosos, que hacen una pareja ideal y todas esas mariconadas.

También evitaré otros tópicos, como ese que dice que no pierdo a un hermano sino que gano a una hermana o que si tomas una cucharada de aceite antes de las copas no tendrás resaca: son una mierda.

Así que creo que sólo me queda desearles lo mejor, transmitirles mi profundo afecto, y rogarles que me liberen pronto de la presión a la que estoy sometido como primogénito: la de inundar el mundo de churumbeles.

(Hacia los novios, saco unos DVDs del bolsillo) Para ello, os he traído unas películas didácticas: Debajo del abeto te la meto 3, Iba al trabajo y me comieron lo de abajo 6, etcétera, porque supongo que después de más de doce años de castidad andaréis un poco perdidos en esos temas.

Ahora en serio, y disculpad mis bromas. Sinceramente os deseo... que os vaya de cojón.

Salud



jueves, 14 de mayo de 2015

Esos días sin plan

Un delirante Lobo de Bar amanece por la tarde cubierto de sudor. Hay 33º grados en su casa, considera imposible dormir. La noche previa terminó de forma no muy digna en el autobús de vuelta de unas fiestas patronales alteradas por la tormenta. Unas fiestas que se preveían a la intemperie y terminaron en un bar de carretera con futbolín, precios módicos y un singular dueño peruano-nipón.

Pero aquello queda lejos. Ahora lo que hay es una luz cegadora, un cuerpo que suda whisky y una cuestión problemática. Lobo de Bar se plantea si pasar la resaca en la piscina donde puede hallar a la ninfa que le rompió el corazón o si abrir una cerveza.

En la piscina podrá leer, refrescarse, permitir que su hígado y sus riñones terminen de depurar los excesos del ayer, y puede que vea a la ninfa, y quizá le vuelva a romper el corazón, o quizá le abra la puerta a un mañana diferente.

Si se toma una cerveza su nivel de alcohol en sangre volverá a parámetros desconocidos por los cosacos del Volga y dará comienzo una nueva jornada de degeneración con imprevisibles consecuencias.

Escuchamos el sonido de una lata de Ambar que se abre.

Como es verano Lobo de Bar ha dejado temporalmente el rock y el oporto y se abandona a la cerveza con limón y a los sonidos africanos y latinos. En concreto ha descubierto un disco añejo llamado Los diablos del ritmo, óptimo para arrojarse por una espiral cálida y demente.

Es un sábado de agosto sin plan preconcebido. En principio no hay nadie disponible en la ciudad y las primeras cervezas y horas transcurren en solitario, con el único acompañamiento de esa música tropical enloquecida. Su mente deambula por los acontecimientos vividos en las últimas semanas. Ha terminado de escribir un libro, ha perdido un amor, se ha reencontrado con otro, ha visto que la vida sigue, las canas proliferan, y el alcohol le acompaña entre amable y traicionero en su descenso autodestructivo.

Durante tal vorágine, Lobo de Bar ha mandado botellas con mensajes que incitan a la farra, algunos se perdieron en el océano, otros no obtuvieron resultado, dos logran que su destinatario acuda raudo a la llamada del gintonic vespertino.

En su decadente salón, dos viejos amigos preparan con ginebra, limón y tónica un combinado adusto, alejado de las ensaladas a la moda. La conversación se anima y les lleva a destinos lejanos, a viajes recientes y a guazas antediluvianas, casi perdidas en su memoria, a guazas que fundamentaron amistades ilógicas con vínculos difíciles de romper.

Arrastrados por responsabilidades probablemente vergonzosas, los contertulios de Lobo de Bar desaparecen. Él podría desistir y dejarse vencer por el sueño, pero confía en la bendición de San Bukowski para los planes imprevistos, confía en esos días de los que nada se espera y terminan siendo memorables.

Uno de sus amigos le sugirió que fuera a cenar con dos sujetos para él ignotos que, gracias a su recomendación, le ofrecen compañía. Alegre de abandonar su casa, Lobo de Bar monta en una bici y recorre la ribera del río al anochecer: mosquitos, murciélagos y parejas acarameladas y sorprendidas en actos en mayor o menor medida impuros.

Los amigos de su amigo son dos tiradores de élite, uno de ellos exagente de la KGB. Le llevan a un excelso bar de tapas donde se funden tradición y modernidad en la búsqueda de nuevos matices para platos de siempre.

Tras la cena, abundosa y bien maridada, deciden facilitar la digestión ingiriendo licores en una terraza. La temperatura es óptima. Los tiradores de élite cuentan anéctodas de su profesión con gracia, saben imprimir a las historias intriga y tempo, y plagarlas de personajes carismáticos. Lobo de Bar, halagado por las atenciones que le prodigan, no intenta competir con relatos tragicómicos teñidos por lo surreal. Esta noche no es su papel.

Cuando la terraza cierra se retira el exagente. Los dos perdidos restantes se encaminan a una taberna irlandesa. Allí hay más alcohol y una camarera que se distingue por la elegancia que emana de su cuerpo, que nace en una espalda descubierta, pasa por un cuello que reclama mordiscos y llega  hasta unos ojos conocedores de los arcanos de la seducción y del sexo.

Se dejan conquistar por la sacerdotisa del templo hasta que, a la hora de cierre, huye en una calabaza de 220 caballos. Son las cinco de la mañana, una hora de retirada razonable. En las inmediatas cercanías no hay tugurios abiertos. Se van todos.

Todos menos Lobo de Bar.

Han sido muchas las ocasiones que ha tenido a lo largo del día y de la noche para recogerse, muchos los trenes camino a la cordura que ha dejado pasar. Pero no ha tenido bastante.

Camina hasta un antro donde se refugia lo más granado de la caterva noctívaga, la élite de la depravación insomne. Allí beben espirituosos infames sin atender a la música, digna del averno, con temeraria despreocupación, sin importarles, en absoluto, el mañana.

Hace tiempo que Lobo de Bar se mueve en los círculos dantescos de la ciudad y no es raro que se encuentre a varios conocidos con los que comparte conversaciones beodas e incluso partidas de ajedrez. Y en ello pasa el tiempo mientras amanece, cantan los pájaros y la gente temerosa de Dios asiste a la eucaristía dominical.

Lobo de Bar se plantea por fin abandonar ese barco ya naufragado, pero en su incipiente huida divisa a una profesora de su época universitaria Es una de las pocas que gozaban de su simpatía, de forma que la saluda e inicia una conversación delatora de excesos etílicos cuyo tema estrella es la universidad: ente y circunstancia.

Pronto llegan a lo personal y hablan de ella como profesora y de él como alumno, y se respira en la atmósfera que ambos preferirían estar solos. Los prudentes acompañantes de la maestra se retiran, y quedan profesora y exalumno conversando, sin que parezcan extrañados por lo inhabitual del encuentro y la situación ni por lo intempestivo de la hora.

Lobo de Bar confiesa que fue una de sus mejores profesoras, pero que parecía demasiado cercana y demasiado joven como para que la tomaran en serio. Luego, unidos por la antipatía, hablan de personajes detestables. Ella, algo picada por el comentario previo, asegura ser más severa. Lobo de Bar protesta: verla era uno de los pocos alicientes en aquel lugar siniestro donde pasaban las horas con la pesadez de un reloj de plomo. Le pregunta si no se percataba de cómo la miraba en clase. Ella le dice que sí, que un poco, y se ríe turbada, y la mano de Lobo de Bar, que ya ha rozado varias veces el vestido, se posa definitivamente en su costado, y sus caras se aproximan para confirmar lo que hace rato decían sus ojos .

Una sucesión de besos nace de sus bocas, impropia del entorno donde se están dando, impropia de un antro obscuro dedicado por entero a la depravación, un antro obscuro donde parecía haber lugar para todo salvo para la belleza.


Con el sol en lo más alto deciden guarecerse. Abismados en el placer y el asombro follan borrachos, divertidos, impropiamente cariñosos. Se entienden sin palabras como desde el primer momento, cuando se encontraron, y sí, es ilógico e irreal, y el alcohol no es ajeno a su hipnosis, y quizá debieran pensar en un mañana, pero les parece tan dulce vivir en un duermevela de sexo que prefieren seguir y seguir, hasta que caiga de nuevo la noche, cuando sea demasiado tarde como para despertar.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Crítica de Bar: Ragtime

Retomo la escritura en el blog para hablar de lo que más nos gusta a los goliardos: los bares, y alguien podría aducir que lo que más nos gusta son las mujeres y el alcohol, y sería cierto, pero las mujeres y el alcohol saben mejor en un buen garito.

Y siento cierta vocación de servicio público al hablar de bares con encanto, pues los que había en la ciudad van cerrando o cambiando de dueños, como algunos de los que han pasado por esta sección: el Bar, el Páramo o, más recientemente, La Crepa. Guardemos un minuto de silencio por ellos.

Hoy hablaré de un bar distinto a los referidos hasta la fecha, pues se trata de un bar de jazz.

Después de atravesar unas pesadas puertas se llega a un lugar diferente, de variada decoración, reflejo de sus más de 25 años de vida. En la barra e inmediaciones abundan los motivos británicos, por ejemplo un póster de Escocia o la bufanda de un equipo inglés, creo recordar que el Lincoln City. En las elegantes estanterías, culminadas por leves arcos de madera, hay objetos variados: campanillas, ovejas de barro... y, por supuesto, botellas, unas cuantas de whisky, sólo un poco cubiertas de polvo.

Frente a la barra, un mueble de madera con cristal esmerilado parece una puerta o una ventana a otros tiempos: tras él, una fotografía en blanco y negro a tamaño natural nos muestra a unos personajes de antaño.

El bar es alargado y tiene un aire colonial, con sus sillas de mimbre, sus mesas blancas, y sus viejos anuncios de bicicletas o del Moulin Rouge en las paredes. Al fondo, hay un cuadro azul, una batería y, muchas veces protagonista, un vetusto piano vertical.

En el Ragtime suena, como ya hemos avanzado, jazz, el que selecciona Jesús, excelente y culto barman, además de actuaciones en directo improvisadas.

Llegamos aquí a uno de los aspectos distintivos del bar, su público, generalmente de avanzada edad pero siempre curioso, Es posible por ejemplo encontrarse con Domingo Belled, un pianista octogenario afincado en Holanda que de vez en cuando viene de aquel país para comerse unos huevos con puntillas y tocar en el Ragtime.

Y es que, por algún motivo es un bar propenso a que sucedan cosas extrañas. Como ésa, encontrarse a Domingo Belled al piano, o a otros músicos de renombre, o a un anciano gentleman que se pilla a unas guazas de aúpa mientras ofrece interesante conversación, o a un cliente habitual que ha traído un prestigioso queso gallego y se esmera en la búsqueda de la tapa perfecta, o a una mujer envuelta en sábanas que ha bajado para refugiarse porque ha entrado alguien en su casa.

Aunque el suceso más curioso al que he asistido fue la aparición, en un tranquilo día de invierno, de un peculiar grupo formado por dos lugareños y un hombre de 150 kilos, ostentoso bigote y aspecto de mexicano que extrajo del piano sonidos envolventes y desconocidos. Según me dijo el barman, se trataba de Dorian Wood, que estaba de gira por España y es éste señor:



La calificación del Ragtime es 6 BOBs - 1 por tener un ambiente más tranquilo y viejuno de lo preferido por lo goliardos + 1 por su propensión a los sucesos extravagantes. Total: 6 BOBs.

viernes, 14 de marzo de 2014

El anillo de los goliardos

A falta de perfeccionamiento y probables extensiones, los goliardos orgullosamente presentamos el juego de beber definitivo, inspirado en el Ring of fire y el Señor del tres: El anillo de los goliardos.

Se juega con una baraja preferentemente española y de Heraclio Fournier. Se coloca boca abajo formando un círculo alrededor de un vaso vacío. El juego consistirá en ir levantando cartas por turno, en sentido inverso al de las agujas del reloj, y cumplir (por una vez) con las normas estipuladas. Hay normas para el 8, el 9 y el 10 que, obviamente, no serán utilizadas si la baraja es la tradicional de 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, sota, caballo y rey.

El que tenga el pelo más largo empieza, si hay empate se compara el de los genitales.

As – Cascada. Todos vaso en mano. El que ha levantado la carta empieza a beber, el siguiente le sigue inmediatamente y así hasta el último. Cuando el que ha levantado el as deja de beber, el siguiente puede parar o seguir tragando, cuando él pare el tercero se enfrenta a la misma elección y así sucesivamente.

Dos – Es amor. Beben el que levanta la carta y otro que elija.

Tres – Señor del tres. El primero que levanta un tres en la partida será el Señor del Tres hasta el final de la misma. Tal honor consiste en que cada vez que salga un tres o un múltiplo de tres (3, 6,9 si lo hubiera y rey), bebe.

Cuatro – Tu retrato. Bebes.

Cinco – Maestro Corazón. Antes de que el turno vuelva a ti tienes que poner el dedo corazón sobre la mesa y los demás seguirte. El último bebe.

Seis – Temas. Escoge un tema (por ejemplo: cosas que se encuentran en un campo de fútbol, marcas de brandy, dictadores sanguinarios...), el siguiente tiene que decir una palabra relacionada, el siguiente otra y así sucesivamente hasta que alguien se quede en blanco, que será quien beba.

Siete – Rimas. Di una palabra cualquiera, el siguiente jugador tendrá que decir otra que rime con la anterior, y el siguiente otra, hasta que el que falle beba.

Ocho – Chochos. Beben las chicas.

Nueve – Penes. Beben los chicos.

Diez - Preguntas. Haz una pregunta al siguiente jugador, éste, sin responder e inmediatamente, tiene que hacerle otra al siguiente y así sucesivamente hasta que alguien calle y beba.

Sota – Levanta otra carta y manda el número de tragos correspondiente (con un as 1, con un 2 dos... con un rey 12).

Caballo – Pon una regla. Durará hasta que el turno regrese a ti.

Rey – Rey ruso. Quien saque un rey vierte de su copa la cantidad que quiera en el vaso que está en el medio. El que saque el cuarto y último rey se bebe el contenido del vaso. Es entonces cuando termina la partida.

lunes, 24 de febrero de 2014

El cine no ha muerto

Dr. Strangelove: No se ha hablado poco de la crisis que atraviesa el cine, una crisis ligada a los avances tecnológicos y el cambio de hábitos de consumo, pero también una crisis creativa. La primera década del milenio ofreció pocas películas memorables. Que me vengan a la mente Ciudad de Dios, Old Boy, El Pianista... y siguieron interesando las obras de Tarantino, Scorsese, Burton, Pixar, Wong Kar Wai, Eastwood...

“El cine ha muerto, los buenos guiones están en las series”, se dice. Y no faltan argumentos para sostener esta hipótesis. Ya hemos comentado alguna serie excelsa, los blockbuster de los últimos años han sido películas dirigidas a adolescentes con guiones mayoritariamente mediocres, casi siempre con superhéroe de por medio.

Pero hete aquí que en un mismo año aparecen unas cuantas películas extraordinarias:

La vida de Adele: una película arriesgada, tres horas de primeros planos, muchos mocos, genitales femeninos también, pero sobre todo una historia humana (no sólo de amor) profundamente real y viva. A mi edad, me enamoré de Adele.

La gran belleza: la búsqueda del sentido de la vida en el arte y la belleza frente al abismo de la la vacuidad y la desidia, La dolce vita postmoderna, y un personaje memorable: Jep Gambardella.

El lobo de Wall Street: llámenla Miedo y asco en Wall Street, una ópera bufa desopilante, Scorsese en plena forma, Casino pero a lo bestia.

A propósito de Llewyn Davis: uno de los mejores retratos recientes sobre el fracaso, sin concesiones, sin aspavientos, quizá por eso la primera impresión es que falta algo, un empujón, no es así, ganará con el tiempo.

También merecen la pena Stoker, un cuento tenebroso y gamberro de sensual estética; el drama sureño de Mud, de sólido guión; Blue Jasmine gracias sobre todo a Cate Blanchett; la exquisitez formal de 12 años de esclavitud y de La mejor oferta; el poderío técnico de La desolación de Smaug; algunas escenas de la irregular The Grandmasters; la turbia teatralidad de La Venus de las pieles, los excesos barrocos de El gran Gatsby, La espuma de los días y Sólo Dios perdona... etc etc


Y quizá la industria del cine no esté respondiendo a los nuevos hábitos de consumo con la rapidez deseada, quizá la política de precios de las salas de cine podría ser más imaginativa... pero para que no muera el cine lo que más falta hacía era esto: buenas películas.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Deadwood

Dr. Strangelove: He ido posponiendo durante meses la visión de los últimos capítulos de Deadwood, no quería que terminase para mí, sobre todo sabiendo que la serie fue cancelada por la HBO y que no iba a haber un final bien cerrado. Pero ayer ya no podía más. Después de ver una película infame que no levanta ni la presencia de Eva Green (Perfect sense), merecía algo mejor.

Se conoce la predisposición goliardesca a las películas del Oeste en los días de resaca, óptimas para escapar del tedio degradado de nuestros cuerpos mediante la pérdida de la noción de lo cotidiano, embebiéndonos de sus paisajes a veces desérticos, a veces de montaña, casi siempre fronterizos, y de la hombría de esos centauros que valen según lo rápido que desenfunden, que juegan al póker y beben un whisky seguro nefasto.

Deadwood es eso y mucho más. Tiene el encanto del género prototípico pero aderezado con una crudeza y una profundidad propias del mundo de la televisión postsopraniano.

En Deadwood vemos una alegoría sobre la civilización, sobre cómo se trata de instaurar el orden en el caos, en el caos que domina un pueblo recientemente erigido a la sombra de unas minas de oro. La única ley que impera es la del más fuerte, quizá también la del más listo, y eso no se muestra con la épica de las películas de la edad de oro del western, sino con toda su miseria y toda su brutalidad. Para que nos entendamos, de Deadwood hasta el mítico Wyatt Earp tiene que salir por patas.

Muchos personajes están inspirados por sujetos históricos, y podemos decir que se trata de una obra realista donde salpican el barro y la mugre, pero, ay, ojalá la realidad fuera tan crudamente hermosa. Empezando con los diálogos, creo que sólo comparables con los de The Wire, ¡qué barroquísima belleza aderezada de tacos! Unos frikis se dedicaron a contar el número de palabras derivadas de “fuck” que se decían y les salió que casi dos por minuto, aunque el insulto que más retumba en la serie es el también omnipresente “cocksucker”.

Y ni esa calidad de los diálogos ni la perfecta ambientación distraen de la cantidad de acontecimientos que suceden. Porque esa alegoría de la civilización da para muchas tramas bien desarrolladas y con multitud de clímax. Para ello se sigue  un amplio abanico de personajes atrayentes y más o menos carismáticos por los que el guión demuestra un continuo coqueteo y amor, aunque se trate de personajes detestables.

Dentro de una obra coral con quince o veinte personajes bien construidos, destaca uno: Al Swarangen, el Maquiavelo del burdel, al que se empieza casi odiando y se termina por profesar una total aunque temerosa idolatría. Ian McShane se come la función con sus excesos verbales, con sus maquinaciones y su tendencia a soltar peroratas mientras alguna de sus fulanas le vacía bucalmente las gónadas.

Podríamos hablar de muchos personajes, quizá el único que se quede corto es el que parecía iba a ser el protagonista, el Sheriff Bullock, que no saca partido del papel de don Quijote contra el mundo. Sí lo sacan otros que podrían haber sido anecdóticos, como los sirvientes disminuidos del lupanar de Swarangen y del hotel, o la propia tropa del proxeneta, uno de cuyos miembros protagoniza en la temporada tres la pelea más brutal que he visto en una pantalla junto a la de Viggo Mortensen en Promesas del Este.

Vean Deadwood, pisen el lodazal, y alégrense de poder hacerlo desde sus cómodos sillones.



sábado, 23 de noviembre de 2013

Crítica de bar: Jane Birkin

Es de agradecer que en un universo de bares con nombres cutres o poco imaginativos alguien decida dedicar el suyo a una belleza de antaño como la Birkin. El antro lleva años abierto con la suficiente personalidad como para que no recuerde su anterior denominación.

Tiene dos plantas de las cuales sólo abre la de arriba cuando no hay gran afluencia, es decir, entre semana y las primeras horas del viernes y el sábado. Decoración con predominio de lo oscuro y toques sutiles en marcos elegantes hasta en el baño. La barra de arriba tiene un atractivo aspecto por su curvatura y el espacio diáfano donde aparecen los licores que ansiamos los dipsómanos y otros amantes de la noche más o menos casuales. Hay sofás donde reposar, no sé si son cómodos porque jamás los he utilizado. Abajo la decoración es más básica, sólo una foto sugerente de Jane Birkin rompe la monotonía.

En cuanto a música es un bar muy irregular. Generalmente se pinchan temas bailables que distan del poperismo y el reggaeton del casco circundante, pero hay gran amplitud de registros. Personalmente tuve vetado el bar durante un largo periodo, después de que una noche pincharan en la parte de abajo dos tipos que iban de raperos "chungos" con la gorra de lado y camiseta de tirantes demostrando una habilidad psicomotriz escasa y, sobre todo, que cometieron la infamia de poner dos canciones de OBK entre mucha otra mierda que desde luego nada tenía que ver con los Public Enemy.

El garito recuperó el favor de este exigente crítico cuando en una noche de gran jarana con atavíos estrambóticos variados se colocó al mando un señor regordete con barba descuidada, camisa de cuadros y postura vencida, como de estar viendo en el ordenador un capítulo de Hospital Central, y se dedicó a pinchar temazos bailables de los últimos 20 años siempre bien insertos en la sesión y sin abusar del remember.

En cuanto al ambiente, diremos que la media de edad rondará los 30 años, que no falta la gente guapa y que el garito tira a lo pijo sin abusar. Las copas no son baratas y no hay batallines, punto negativo. Con frecuencia se atisban féminas atractivas con diferentes grados de ebriedad, creo que también hay maromos majetes pero es ese un campo en el que no quiero adentrarme.

Visítenlo, si no son unos imberbes de gusto reprobable que frecuentan chupiterías y bares inexpresivos como un Ikea disfrutarán del bar. Sobre todo si no son de la tendencia goliardesca a dejar el codo en la barra y les gusta marcarse algún baile en mayor o menor medida absurdo.

Es difícil calificar un bar de música irregular, pero lo dejaremos en 4 BOBs

domingo, 1 de septiembre de 2013

Un día

Iba jodido de pasta. Cogí la pipa y bajé a un bar.
-          Dame todo lo que tengas.
-          Capullo, acabo de abrir.
Abrió la caja y me enseñó su contenido: monedas para cambios. Miré el equipo de música, no era gran cosa.
-          Joder.
Me senté en la barra y le pedí un whisky, el mejor que tuviera. Por lo menos…
Parecía un buen tipo, me jodió haberle apuntado con mi pistola. El whisky estaba muy bueno, era un Glenfiddich 12 años. Entonces le conté mi vida. Le dije cómo escapé del psiquiátrico, cómo tuve que dejar allí a la única mujer que me había amado por un mal sueño de libertad. Era un tipo comprensivo y me puso la mano en el hombro. Él también me contó algunas historias. Tenía carisma. Enjuto, pelo gris y largo. Con cierto parecido a Bob el de Twin Peaks, pero sin la locura y la maldad en sus ojos. La voz cavernosa. Pensé que podíamos ser amigos. Seguía sin un puto duro en el bolsillo, ahora me daba igual. El whisky era bueno, la conversación mejor. Llegó un hombre para tocar la guitarra. Joder. Impresionante. Como el jodido Hendrix, como el jodido Paco de Lucía. La diferencia es que él tocaba el dobro. El camarero cantaba con su voz ajada. Qué placer. Entonces, cuando estaba abstraído por la música, lejos de todos mis problemas en un valhalla etílico, ese camarero amable me reventó una botella de Marie Brizard en la cabeza.
Cuando desperté estaba en una ambulancia y me lo tomé muy mal. Casi era mi amigo. Cogí al enfermero y le rompí el cuello. Cogí al conductor y le rajé con una jeringuilla. Nos dimos una buena hostia.

Y ahora estoy esperando en el corredor de la muerte. He pedido oír por última vez a Johnny Cash. I walk the line. Y me pregunto si cuando enciendan la silla llegaré a oler cómo se chamusca mi carne. 

sábado, 20 de julio de 2013

Escribir un blog

El último año ha sido casi sabático en lo que al blog se refiere. Los que me conocen saben que no he parado y que he dedicado el tiempo que era para el blog a escribir una novela, una novela que además ha recogido unas cuantas entradas de La conjura que he decidido retirar de la red.

He echado de menos escribir aquí, sobre todo por el buen rollo que había con unos cuantos bloggers que considero colegas como Sergio, Raúl, las Másqueperras, el señor Lavilha, el Sr. Chinaski, etc, pero lo cierto es que más allá de este reducido grupo de depravados que quizá me echaran algo de menos el blog seguía casi igual aunque no estuviera. Si cuando me esforzaba en escribir dos o tres artículos por semana tenía unas 1.200 visitas al mes, en este año ausente tenía unas 900, y de entradas no especialmente brillantes. Eso ha sido un poco descorazonador.

Es descorazonador que escribas con tu hígado y que llegues a tan poca gente, que no haya un boca-oreja ni siquiera cuando te hacen propaganda desde blogs de más éxito. Y tampoco era la idea que este blog se convirtiera en un fenómeno social a la altura de Gran Hermano, jaja, de hecho, realmente empezó como terapia y para ligarme a una tía que hoy está felizmente casada y con dos hijos, pero en fin, te planteas si merece la pena darle tanto tiempo cuando lo puedes dedicar a hacer otras cosas, y no me refiero sólo a emborracharme que eso lo he seguido haciendo, si no más bien a escribir algo más elaborado que las entradas de un blog, que pueden ser excelsas pero que si se pasan de extensión se separan de los objetivos de un blog.

Total, que supongo que seguiré escribiendo mis inquietudes y algunas aventurillas aquí, pero no con la frecuencia y regularidad de antaño. Y a esos colegas que he mencionado a los que siento cercanos a pesar de la distancia y a alguno más, les mandaré la novela goliardesca si la quieren, mi correo viene en el perfil.