Lamento empezar el año con un post triste, pero los goliardos hemos sufrido una gran pérdida y queremos rendir a Juan, el dueño del Bar, nuestro amigo, un pequeño homenaje.
De su biografía conocemos los pequeños retazos
que nos fue contando a lo largo de los años, aunque algunos detalles se hallan
en ese lugar de la memoria donde van las cosas que te pasan yendo borracho.
Nunca confesaba su edad, le echábamos algo más
de 60 y por lo que sé, no íbamos descaminados. Hijo de militar, se enorgullecía
de haber tenido el valor de decirle a su padre, antes de que fuera demasiado
tarde, que le quería y que agradecía todo lo que había hecho por él.
Creció en la España franquista, en un colegio de curas, y fue buena pieza ya de chaval, pronto aficionado a la música y a las chicas. Trabajó como informático cuando los ordenadores eran
grandes como habitaciones y estuvo unos años trabajando en Sevilla y en
Valencia para luego regresar a Mañoland. Aquí pasó unas pruebas para entrar en
una entidad financiera, pero vio que no le iba el tema y acabó montando un bar.
Hablamos de los 80. En Zaragoza no hubo movida
como tal pero Juan tenía buen gusto para la música y el bar fue bastante
exitoso, tanto que terminó cansándose y lo vendió para montar uno más pequeño
en la zona de Tomás Bretón. No le gustaban los agobios, y se quejaba de que
cada vez que un bar triunfa se llena de horteras y el siguiente paso es la
decadencia para que acabe yéndose a la mierda.
En el nuevo bar tenía una gramola, cuando se
jodió no quiso arreglarla para evitar que la gente pusiera música que no le gustara, prefería los vídeos que reproducía con el DVD. La zona de Bretón fue decayendo
y al Bar íbamos unos pocos parroquianos, entre los que se encontraban su grupo
de amigos de toda la vida, unos tíos encantadores que se reunían cada jueves y que ya habían sufrido la
pérdida de una gran persona pocos meses atrás, su amigo Pedro.
Mucha gente que le conocía de otras épocas iba
a verle de vez en cuando, realmente, había tratado con casi todo el mundo que tenía algo de nombre en la noche zaragozana. Otros éramos clientes no tan antiguos pero muy
fieles. Una pequeña familia. Yo iba todas las semanas al menos una vez,
generalmente los lunes, cuando el Bar estaba especialmente tranquilo. Así podía
leer (sobre todo antes de que se fueran jodiendo las lámparas de las mesas) y hablar con él cuando ya sólo estábamos los
habituales. Para mí esos ratos eran las vacaciones que me daba cada semana de
todo lo demás. Eran las horas que me dedicaba a mí mismo. Leyendo o hablando
con Juan, con una jarra y un cigarro en la mano era feliz, no me hacía falta
nada más.
Disfruté de su conversación y de tener el
privilegio de conocerle. Juan fue una gran persona, aunque a veces le gustara
fingir ser un cascarrabias y aunque se pusiera de muy mala virgen de vez en
cuando, sobre todo al hablar de política. Era todo carisma, con su aspecto de
viejo roquero y sus ganas de bromear. Nos solían dar la una o las dos de la
mañana, muchas veces me hacía reír hasta llorar. Una vez se nos hicieron casi
las 5 (yo me levantaba a las 7), cuando se murió su amigo, le afectó mucho.
Quizá cuente algún día anécdotas suyas. Hoy
diré que en contra del tópico del solterón que muere solo y olvidado, a Juan muchos le apreciábamos y le queríamos, no estaba solo y, de olvidado, nada. Sé que aparece en los libros de varios escritores, Profesor Marmordo incluido. No se arrepentía de no
haberse casado nunca. Al contrario. Se vanagloriaba de haber rechazado a una
rica heredera que quería llevarle al altar y que le hubiera llevado por la
calle de la amargura. Amó a bastantes mujeres, pero nunca quiso atarse. Y amó
hasta el final. Durante sus últimos años estuvo con una chica que tiraba de
espaldas de lo guapa que era, aunque se habían dejado de ver con frecuencia.
Una semana antes de que muriese celebré en el
Bar mi cumpleaños y fue el mejor que recuerdo. A la semana siguiente lo vi por
última vez. Estuvimos charlando como tantas otras veces. Mientras bebía su
whisky con cocacola sin cafeína (si no, no dormía) y sin hielo, en un vaso de
recuerdo de Ámsterdam que reproducía el barrio rojo, empezó a toser. Fumaba
bastante y, no había llevado la vida saludable que recomiendan 9 de cada 10
médicos. Su desayuno favorito era el bocadillo de chistorra. Bromeando dijo
“joder, no viviré mucho, aunque mi padre llegó a los 90 años, confío en los genes. De
todas formas... bah, que me quiten lo
bailado, me lo he pasado de puta madre”. Y se empezó a descojonar , recordando, con esa risa contagiosa de
canalla que tenía.
Murió en Nochebuena, como si quisiera burlarse
de todos, o como si fuera el Anticristo, viendo la tele, con el ordenador
encendido, después de haberse tomado sus copas y de fumarse algún canuto, de un
paro cardíaco, rodeado por sus gatos, a los que tanto quería. Probablemente ni
se dio cuenta.
No me enteré hasta el día de Año Nuevo, año
que empecé con resaca y un terrible disgusto. Ya había pasado el funeral, creo
que el primero en mi vida al que me hubiera gustado ir. Les comuniqué la
noticia al resto de goliardos y quedamos para pillarnos una sentida borrachera
en su memoria. Recordamos los momentos que pasamos con él y bebimos hasta que no nos quedaron lágrimas ni hígado. A mitad de noche nos atrevimos a ir al Bar en procesión fúnebre para
dejar una vela roja.
Luego nos encontramos al senegalés que pasaba
a vender sus cosas por el Bar. Nos sorprendió ver tan afectado a alguien que
tiene bastante ración de problemas como para preocuparse mucho por los que
tengan los demás. Eso habla de la calidad humana de ambos. Juan compraba
botellines de agua sólo para él (en el Bar nadie pedía agua), aunque luego
protestara cada vez que le daba uno o cada vez que necesitaba cambios.
Juan, descansa allá donde estés, quizá sentado
a la derecha de San Bukowski, quizá en un bar oscuro en el limbo o en una playa
paradisíaca, con camisa hawaiana, gafas de sol y un whisky al alcance de tu
mano, riéndote y mirando el culo de alguna chica. Nos dejas huérfanos. Nunca olvidaremos todo lo
que aprendimos de la vida gracias a ti, ni los ratos que pasamos a tu lado en
ese Bar, que era como un templo para nosotros. Si hubiera más gente como tú, el
mundo sería un lugar mejor. No sabes lo que duele tu ausencia.
12 comentarios:
Poca gente valora a los auténticos barman.
Supongo que me habría gustado tomarme una copa en el Bar y haberle conocido... así que os dejo mi pésame. Algún día en el que mi camino me lleve por Mañoland me tomaré algo ahí a su salud.
Aish, Goliardos, cuánto lo siento...precisamente la semana pasada estuve en Barcelona, paseando por mi barrio, y vi horrorizada como todos los bares de mi juventud han cambiado de estilo, de camareros, han perdido su esencia. Bueno, todos menos uno donde acabé pasando la noche hasta q salí....bueno, no sé, salí o me sacaron.
Los bares,q lugares...pero lo que los convierte en imprescindibles son las personas que nos aguantan los rollos y las tajas estoicamente. No está pagado con dinero.
Kisses.
joder, no conocía de nada a Juan y se me ha hecho un nudo en el estómago. dejó impronta en la gente, está claro, y su recuerdo será el mejor legado. así es como debe morirse uno, coño, llevándose mucho cariño. triste entrada.
Una mala noticia, las de este tenor siempre son tremendas.
Lo lamento, un abrazo.
A ti y a muchos os quedan los recuerdos. Que nada los borre.
Recuerdos
Bonito homenaje.
Y cuando os recuperéis un poquito, vendrá el homenaje más gordo...
Animo!
Gracias por vuestros comentarios en estos tristes días de luto goliardesco.
La profesión de barman es un arte no lo suficientemente apreciado ni valorado. Pero para eso estamos los amantes de la noche y los críticos de bares, para reivindicar su función (entre otras cosas).
Juan, además de un barman cojonudo, era una persona excepcional.
Goliardos, llevo días de culo y hasta ahora no me había dado el rulo periódico por vuestra casa. Qué triste pérdida, ¡¡¡lo siento mucho!!!
Seguro que fue un gran tipo.
Ánimo y un abrazo másqueperro para todos.
Gracias Salamandra, sí que fue un gran tipo.
Yo que soy de naturaleza voltaica, con grandes descargas de bipolaridad, que de la dulcura, puedo llegar al pasotismo integral del verbo existir... este tipo de personalidades me resultan tan adictivas que acabo dejandome seducir.
Tremendo tipo ese Juan, se fue como debe ser, con la vida por delante, disfrutando su parte y la de todos aquellos que les asusta hacer de su vida un sueño y no un proyecto a medida de una sociedad que está cansada de ver clones.
Me alegro que haya gente tan valiente como para vivir como le venga en gana.
Un brindis por ese Juan y por los hijos sentiementales que dejo en cada uno de vosotros, mientras alguien hable de él seguira entre vosotros.
Así es, hizo lo que le dio la gana, vivió como quiso. Y seguiremos hablando de él y propagando su memoria y legado. Bienvenida Carmeloti.
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